
Un día cualquiera, un miércoles, por ejemplo, el aparcamiento de Lezama reservado para visitas suele ser un solar. Cuatro coches y una moto. Parque móvil de los periodistas e hinchas más acérrimos, que sacan tiempo de debajo de las piedras. Ayer la estampa era diferente. Muchos caballos sobre el asfalto. Había más vehículos que cuando juega el filial. Una marea de incondicionales rojiblancos rodeaba el campo de entrenamiento número uno. Abrigo de una pasión. Los niños corrían de un lado para otro; los padres vigilaban con un ojo a Llorente y con otro a los 'peques'; las madres perseguían bocadillo en mano a los chavales; alguno lloraba... Se había perdido y lo único que atinaba a decir entre sollozos era «¡aitatxo!». El buen tiempo y el puente atrajeron a cientos de aficionados a las instalaciones deportivas del Athletic, donde se forja la ilusión, que bloquearon el párking de los jugadores en busca de una foto y un autógrafo.
El entrenamiento duró poco, apenas tres cuartos de hora, 'pachanga' intrascendente incluida, pero la afición disfrutó con los finalistas de la Copa. Muñoz intentó una vaselina y el balón besó el larguero. Un prolongado «ohhhh» acompañó la ocurrencia del navarro. Los goles se aplaudían. Primero de forma tímida, casi respetuosa, y luego con una cadencia e intensidad cada vez más elevadas. Ion Vélez marcó por partida doble y se escucharon gritos de satisfacción. Una afición agradecida que premia los pequeños detalles, aunque sea en los entrenamientos.
Lo mejor vino después. El muro que separa a los que esperan de los que son esperados, justo antes de la entrada a los vestuarios, desapareció entre tanta camiseta y bandera. La gente se agolpó para ver de cerca a sus ídolos, que atendían con paciencia las peticiones de los que les adoran. Había señores mayores, niños, padres y madres con hijos, cuadrillas de amigos, chavalas jóvenes arregladas y maquilladas como si fueran a un club de moda el sábado por la noche y hasta turistas -de todos los colores y razas- que andaban un tanto despistados. Fotografiaban a todos, hasta al utillero, por si las moscas.
Previsores
Los futbolistas abandonaron el campo y los aficionados bordearon el edificio principal y se agazaparon a la salida del párking reservado para jugadores y empleados del club. Tocaba esperar. La mancha humana se expandía de manera circular y ya era imposible acercarse a la puerta. Ahí estaban los más previsores. Uno de los primeros en aparecer fue Javi Martínez. No pudo recorrer ni diez metros cuando se vio obligado a parar para evitar una desgracia. Bajó del coche y empezó a firmar autógrafos y sacarse fotos. Hubo un momento en el que ni se le veía. ¡Un tiarrón de 1,90 empequeñecido por la muchedumbre!
Y luego apareció él. Un niño de unos 8 ó 9 años que vino corriendo hacia su padre. Con el rostro desencajado, bañado en sudor y ojos como platos, sólo acertó a gritar: «¡Papá, Llorente!». Fue decirlo y desaparecer otra vez entre la gente en busca del delantero rojiblanco. Éste, al igual que Javi Martínez y Markel Susaeta, apresados por la ilusión de una afición incondicional, se bajó de su todoterreno para atender a sus admiradores. Fueron muchos. Demasiados. Una madre había arrancado segundos antes un autógrafo de Gabilondo para su pequeño. «Uno menos», resopló mientras se abría paso a codazos hacia el coche de Toquero. Alguien chilló «¡ahí está Yeste!», pero ya no se veía nada. Los padres asumieron que no podían llegar a todo.
El colapso era total. Dulce, pero colapso al fin y al cabo. Orbaiz también tuvo que parar y firmar, y sacarse fotos, y sujetar niños... Los jugadores cumplieron con todos. Con paciencia y amabilidad. Había pasado casi media hora y aún seguían allí, atentos con su gente. Un detalle. Con los que les adoran. Para siempre.
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