L as emociones de los últimos días han sido tan fuertes que se hace muy complicado detenerse a pensar, respirar hondo y recobrar la serenidad. Lo fácil es seguir metido en la espiral de agitación en la que se haya el Athletic desde hace un par de semanas. En ese sentido, lo fácil sería continuar bramando toda la semana contra Muñiz Fernández, cuya actuación no se olvidará en mucho tiempo. Pocas veces se ha visto en San Mamés a un árbitro tan premeditadamente dispuesto a maniatar y congelar al Athletic desde el pitido inicial. Y los que aseguran que las críticas al árbitro asturiano de la gomina no son más que la pataleta de un mal perdedor -el simpático y leal Juande Ramos sin ir más lejos- deberían repasar el vídeo del partido. No les supondría una gran molestia. Les bastaría con analizar los primeros cinco minutos para hacerse una composición de lugar viendo como las agresiones de Huntelaar a Amorebieta y de Lass a Javi Martínez quedaban impunes mientras una entrada fea (la primera del partido) y una simple protesta dejaban con la marca amarilla a los dos laterales rojiblancos.
Ahora bien, una cosa es que la indignación esté justificada y otra que tenga sentido continuar mirándose las llagas y seguir dando carrete a la bronca. Me temo que el Athletic, por su propio bien, está obligado a bajarse de la montaña rusa en la que está subido. Si no quiere meterse en problemas muy serios, el equipo debe preparar los próximos partidos con algo más de frialdad y varios grados menos de tremendismo. En ese sentido, creo que Joaquín Caparrós tiene encima una gran responsabilidad. Su éxito en la Copa, tan importante para el club, no puede quedar empañado por una actuación en la Liga tan mediocre como la que está ofreciendo el Athletic. Una cosa es apostar por la Copa, que era una necesidad histórica como se ha visto, y otra hundirse malamente en el torneo de la regularidad, incapaz de hacer dos partidos buenos seguidos; una realidad que estamos sufriendo desde septiembre.
Así las cosas, lo que no ha hecho el Athletic en 27 jornadas tiene que comenzar a hacerlo en las ocho próximas, las que quedan hasta la final de Copa, un momento soñado durante años que no se puede enturbiar ahora con apreturas y miserias en la clasificación. Los rojiblancos necesitan al menos doce puntos, la mitad de los que va a disputar antes del 13 de mayo. Y para lograrlos no estaría mal que tanto el cuerpo técnico como el equipo recapaciten sobre una cuestión básica que corre el riesgo de olvidarse en medio de esta gigantesca batahola en la que vivimos. Me refiero a que esta versión agonística, berberisca y toquerística del fútbol que el Athletic ha ofrecido con dispar fortuna ante el Sevilla y el Real Madrid no puede ser la tónica habitual del equipo. Es imposible. Por mucho que Caparrós, un hombre de gustos populares, se sienta en su salsa mandando a sus muchachos a estos abordajes, la realidad es que este tipo de asaltos sólo pueden protagonizarse en ocasiones muy puntuales.
Imagínense el cuadro si se repitieran todos los domingos: el arco de San Mamés se vendría abajo cualquier noche; la mitad de la plantilla acabaría en el hospital de Basurto recibiendo puntos de sutura y aportes de oxígeno; la otra mitad, comandada por Aitor Ocio, Yeste y Amorebieta, el trío del temple, cumpliría largas condenas en Nanclares de Oca; Joaquín Caparrós y su ayudante Luci ingresarían con una camisa de fuerza en un frenopático; y los cronistas del Athletic, comenzando por el que esto suscribe, acabarían de jefes de prensa en alguna comunidad ignota de Hare Krishna. Bromas aparte, parece claro que hay que recuperar la calma y concentrarse en mejorar. Volverán los días en los que serán los jugadores los que animen al público de San Mamés, como ha ocurrido tantas veces. Y deberán hacerlo no sólo demostrando su corazón sino también su fútbol, al que todavía le faltan muchos resortes y automatismos. De ahí los problemas que tiene el equipo para ser regular.
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