
San Mamés volvió a ser un volcán. Es cierto que su erupción no tuvo anoche la virulencia de la semifinal de Copa, pero fue un espectáculo digno de verse. Seguro que los medidores de intensidades ambientales y los vulcanólogos de guardia permiten, también esta vez, la comparación con el viejo Anfield: el aliento de la grada sobre el cuello de los jugadores, el fragor de las tribunas, esa corriente brutal de energía, en fin, que convierte en algo heroico todo lo que sucede en el campo. El problema es que ayer todo este estupendo ambiente acabó convertido en una atmósfera agria, de irritación y repulsa; tanta que hubo que disimularla con cánticos y buenas dosis de rechifla. Y todo por culpa de un árbitro lamentable.
Lo cierto es que se hace difícil encontrar precedentes en San Mamés de un arbitraje tan nefasto como el que perpetró ayer Muñiz Fernández. Él solo laminó el partido y lo decantó a favor del Real Madrid, que encontró en el asturiano de la gomina lo que necesitaba para seguir respirando en la Liga. O dicho de otro modo: para no acabar de enterrar en Bilbao toda su temporada. Muñiz pasó del trazo fino y sibilino al grueso y descarado. Comenzó su faena en el minuto 2 perdonando a Lass un manotazo claro a Javi Martínez. Pudo expulsarle, pero ni siquiera le amonestó. Segundos después, maniató a Koikili e Iraola con dos de esas amarillas que marcan a un jugador para todo el partido.
Siendo esto grave, como lo fue todo su arbitraje en general, lo peor llegó pasada la media hora. Una falta inexistente de Aitor Ocio sobre Huntelaar valió al Real Madrid el 0-2 en un desajuste defensivo de los bilbaínos. El partido pareció en ese momento sentenciado para el equipo de Juande Ramos, pero Muñiz no consideró que la ayuda era suficiente. Resulta que el Athletic acortó distancias en una jugada por la derecha en la que Heinze, autor del segundo gol madridista, se pegó un tiro en el pie y desvió el balón al fondo de su portería. Fue entonces cuando, en el barullo posterior al 1-2, Yeste, cuya capacidad para meterse en líos tontos parece no tener límite a pesar de toda su experiencia y de sus galones de capitán, dio un empujón a Casillas.
El portero del Real Madrid enterró entonces buena parte de la simpatía y la admiración que despierta en Bilbao desde su debut en San Mamés hace ya una década. Se tiró al suelo simulando una agresión. Era algo que no se esperaba de un profesional famoso por su 'fair play'. Pero, por lo visto, la desesperación en el Real Madrid alcanza incluso a sus futbolistas de más cuajo. El teatro de Casillas sin embargo, podía no haber pasado a mayores si no hubiese estado allí Muñiz, que no dudó en expulsar a Yeste. La amarilla que merecía su desplante no debió parecerle suficiente.
Un golpe tremendo
El golpe fue tremendo para los de Caparrós, pero allí estaba San Mamés, explotando de indignación y animando a los suyos. El Athletic tiró de casta, metido en el remolino que creaban unas gradas encendidas. De esa comunión llegó el empate a dos, obra de Llorente, cuyo cabezazo no supo atajar Casillas, quién sabe si alterado todavía por su pantomina. El 2-2 abrió un resquicio a la esperanza, pero era, objetivamente, un resquicio muy leve. Era evidente que el perfecto trabajo de demolición de Muñiz Fernández iba a pasar factura a los rojiblancos en la segunda mitad. Lo contrario hubiese entrado en el terreno de lo milagroso. Lo normal era que, con espacios, Robben siguiera dinamitando al Athletic por la banda derecha, que Sneijder y Lass cosieran a gusto en el centro del campo y Huntelaar encontrara espacios arriba.
Y lo normal sucedió. Lo hizo, además, en el mismo arranque de la segunda parte, de forma que no hubo opción ni para ilusionarse un rato. Huntelaar batió a Iraizoz de un buen derechazo y el Real Madrid volvió a ponerse en ventaja. Los blancos tenían el partido donde querían. Con mantener la intensidad les sería suficiente para desactivar a un Athletic en inferioridad y seguir creando oportunidades. El 2-4, también de Huntelaar, a la hora de juego, fue la sentencia definitiva, por mucho que Higuaín hiciera luego el 2-5 en medio de una atronadora ovación llena de rechifla. Y es que no había partido. En realidad, éste no fue posible casi desde el inicio. Si con el potencial del Real Madrid fuera poco, qué decir con un árbitro engominado poniéndote palos en las ruedas y desquiciándote. Esta es la impresión que se quedó en San Mamés, que vivió una noche amarga, pero no por ello dejó de animar a su equipo hasta el final con gritos de Athletic beti zurekin y coreando la marcha triunfal de Aída una vez más. Lo deberá seguir haciendo. Y es que la derrota deja a los rojiblancos en una posición muy comprometida. La Liga se ha puesto mala.
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