U no cualquiera de los jugadores de esa selección del resto del mundo que es el Sevilla salía con el balón controlado cuando vio venir hacia él a Toquero. Le regateó con estilo, cambió de dirección con un sutil golpe de cintura, tiró una pared corta con un compañero y volvió a salir con el balón pegado al pie. Levantó la cabeza, miró el horizonte para elegir la mejor opción de pase y entonces se volvió a encontrar con Toquero. Ejecutó una cualquiera de las miles de fintas, gambetas, driblings, taconcitos, fantasías diversas de un repertorio que maman en la cuna esos jugadores extraordinarios que el Sevilla ha sabido rastrear desde los suburbios bonaerenses a las sabanas africanas, que lo convirtieron en el mejor equipo del mundo según la clasificación oficial de la FIFA en los años 2007 y 2008.
Volvió a salir el jugador del Sevilla con el balón en los pies, aunque ya un poco trompicado y con un ligero rictus de contrariedad. Empezaba a sentir complejo de Sísifo, subiendo por la montaña un balón que se le escurría hacia el valle, al que volvía a bajar a buscarlo para empezar de nuevo el ascenso de la montaña con idéntico resultado, y así sucesivamente durante toda la eternidad. Salió con el balón, les decía, ya un poco menos controlado, pero todavía dueño de la situación. Entonces vio venir hacia él al mismo jugador rojiblanco al que juraría que había dejado sentado en la primera ocasión, con la cintura rota en la segunda, pero que incomprensiblemente volvía a presentársele delante, como en una de esas pesadillas que tenemos a veces tras ver una película de terror, en la que después de haberle pasado por encima con el coche a un perseguidor fantasmal, al mirar por el espejo retrovisor vemos que viene corriendo y está de nuevo a punto de darnos alcance. Pronunciaba entonces, el jugador del Sevilla, con el desaliento que acompaña a las premoniciones adversas que se saben certeras, aceptando lo que ya no podía ser una sorpresa sino una inexorable fatalidad, resignado, la frase de la noche: «Coño, otra vez Toquero».
Se ha contado muchas veces aquella genialidad del pobre Juanito cuando tras perder el primer partido de una eliminatoria contra el Inter, les dijo muy serio a los jugadores italianos que no cantaran victoria y se anduvieran con cuidado. En el Bernabéu, en el partido de vuelta, el tiempo se les iba a hacer 'molto longo'. No era una broma. El 4 de marzo de 2009, en San Mamés, a los jugadores del Sevilla se les hizo el tiempo largo, corto el espacio y escaso el aire. Nunca pudieron maniobrar. Fueron una escuadra que se quedó sin calado, encajonada entre las rocas. Los jugadores del Athletic les habían quitado el agua. De rocas, por cierto, mejor que no le hablen en una temporada al sevillista Jesús Navas porque tal vez se acuerde de Koikili Lertxundi.
Fue, como se esperaba, no una competición de habilidades, sino un combate de la voluntad. La victoria del Athletic fue aplastante, por derrumbamiento de la fortaleza rival. Fue una victoria de todos, de los bilbaínos y vizcaínos que llenaron las calles y las vaciaron durante el partido, y las volvieron a llenar, después, de colores y de cánticos, de los que viven fuera y se juntaron para ver el partido, uniformados con las pinturas y los atuendos de las grandes batallas, de los peñistas y simpatizantes del Athletic de otras regiones de España (un saludo especial, que me perdonen los demás, a la peña de Jerez, donde vimos no hace tanto un partido bien distinto que no debemos olvidar, el de la salvación con el Levante), de quienes siguieron el partido por la radio o Internet en las más diversas ciudades del mundo, una victoria con la que volvimos a paladear el antiguo sabor de las gestas. Una victoria de los jugadores, que hicieron el partido perfecto para el que el Athletic está preparado.
Los voluntariosos elevaron sus cualidades hasta rozar la excelencia, y los estilistas lo fueron y, además, trabajaron a destajo. Una victoria de Joaquín Caparrós, aunque eso merece un artículo entero. Tal vez cuando ganemos la final. Mientras tanto, muchas gracias.
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