
«Gaizka Toquero, mejor que el Kun Agüero». Es sólo un pequeño detalle de lo que se vivió en Bilbao la noche en la que los sueños del Sevilla quedaron reducidos a cenizas. La crisis desapareció por un día y ni la lluvia ni la obligación de ir el jueves a trabajar frenaron a la afición rojiblanca, que salió a celebrar lo que sin duda es un paso de gigante en la carrera hacia la vigésimo cuarta Copa del club. Tambores, bocinas, txapelas, ikurriñas y, cómo no, banderas y camisetas del Athletic convirtieron a la afición en el jugador número doce del equipo, ése que siempre está convocado y nunca se lesiona. Vizcaya rugió y con ella toda su afición.
A las 21.45 horas entrar en la calle Licenciado Poza resultaba una tarea imposible. Allí se dio cita buena parte de la hinchada, uniformada con bufandas del Athletic, y una Copa gigante, hecha artesanalmente por algún entusiasta manitas, 'rulaba' de mano en mano. Abrazos, besos, llamadas telefónicas; no hubo tiempo para broncas, la gente había salido a celebrarlo.
Los cánticos: «Alla, alla, alla nos vemos en Mestalla», «Bota de oro. Toquero, bota de oro» y «Ari, ari, ari Caparrós lehendakari» se escucharon durante toda la noche en una suerte de macrofestival improvisado.
Un brindis por el Athletic
Mikel Egiluz, uno de esos aficionados que a la 01.00 horas de la madrugada ya apuraba sus últimos gritos con el propósito de conservar la voz al día siguiente, no se lo podía creer. «El 13 de mayo nos vamos a salir», aseguraba. Aunque no parecía que fuera a conseguir su objetivo de conservar intacta su garganta debido al alcohol, el tabaco y los excesos en general, este socio del club celebró por todo lo alto el triunfo de su equipo tras haber disfrutado, pero también sufrido como nunca en 'La Catedral'. Él y sus amigos, nacidos en 1984, año en que el Athletic ganó su última Liga y también la Copa, fueron algunos de los seguidores que no dudaron en saltar al campo para celebrar el paso a la final copera. Ahora era el momento de liberar tensiones. «Nunca hemos podido disfrutar de un momento así y después de llevar toda la vida escuchando a nuestros padres lo bonito que fue sacar la gabarra por la ría el año en que nacimos, ya había ganas. Así que este trago... ¡por el Athletic!».
Al igual que Egiluz, José Moure Otxandorena, argentino con descendencia vasca por parte de su abuelo, tampoco quiso perderse la fiesta. Este fiel seguidor de Boca, cuyo segundo equipo es el Athletic, animó a los de Caparrós como el que más. «Llevo aquí dos meses. Vine a visitar a mi hermano y mi sobrino, y estoy encantado de poder vivir este momento en Bilbao. La pena es que no podré estar en la final cuando ganemos la Copa porque el domingo vuelvo para Argentina. Siempre y cuando no continúe de fiesta, claro», bromeaba. Aunque podían contarse con los dedos de la mano, las bufandas del Sevilla también se pasearon por las calles de la ciudad. No obstante, las caras de resignación de los sevillistas contrastaban con la marea de ilusión bilbaína. Además, la añagaza de Del Nido puso letra a la banda sonora de la noche. El presidente sevillano, que había anunciado que venía a comerse al león de la cabeza a la cola tuvo que conformarse con esta última parte. Los aficionados bilbaínos le invitaron a rabo toda la noche.
Euforia en el Carlton
A medida que pasaron las horas, la gente comenzó a desplazarse desde la zona próxima al estadio de San Mamés hacia otros puntos donde la noche también se presentaba movida. De camino a Mazarredo y las Galerías Urquijo, zonas que también estuvieron a rebosar durante gran parte de la velada, muchos aficionados se encontraron el mejor regalo posible: sus ídolos estaban saludando a la multitud en la terraza del Hotel Carlton. Allí tampoco faltaron las risas, la emoción, ni los gritos, y al son de «'Sevillista el que no vote es'», los jugadores dieron rienda suelta a la emoción, justo antes de que Joaquín Caparrós saliera a saludar a la que muchos denominan como «la mejor afición del mundo». Fue en ese momento, a las doce y media de la madrugada, cuando el utrerano, totalmente emocionado, fue aclamado por la multitud bajo los gritos de «Jokin, Jokin». A partir de ese momento, Bilbao siguió vibrando, y mientras en muchos locales el alcohol se acababa antes de lo previsto, muchos aficionados tomaban las calles.
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