E s difícil calcular con exactitud el valor de la gran victoria del miércoles. Quizá haya que esperar un tiempo para percatarse de la importancia de lo sucedido, de lo mucho que ha supuesto para el Athletic el pase a la final de Copa 24 años después. Pero me temo que no es exagerado decir que hablamos de una alegría decisiva para apuntalar unos cimientos que se estaban resquebrajando, erosionados por una contradicción insostenible: ser un club grande, «de bella historia llena de gloria», como decía la canción, y a la vez un equipo pequeño, sin más expectativas que el ir tirando.
La comprobación de que, teniendo bien claras sus prioridades, dando lo mejor de sí mismo y apoyándose en una afición inigualable, el Athletic puede competir con los grandes y disputar un título debería significar el comienzo de una nueva época. El cambio podría resumirse en una frase tan gastada en las últimas semanas que este cronista tiene que disculparse por traerla de nuevo a colación, pero es que no se le ocurre ninguna mejor, más corta, directa y concentrada. Me refiero al «yes, we can» de Obama.
Está claro que el Athletic tenía que ganar al Sevilla. Era su obligación profesional, moral, sentimental e incluso astrológica, si me apuran. Ahora que eso ya ha sucedido, ¿no resulta imposible imaginarse lo contrario? Lo cierto es que da hasta un poco de apuro fabular con la tremenda decepción que hubiera supuesto caer eliminados. El desencanto hubiera campado a sus anchas y para detener el fatalismo hubiéramos necesitado un escuadrón de Toqueros.
Pensemos, por ejemplo, en los miles de niños que el miércoles fueron al colegio vestidos con la camiseta del Athletic. Era emocionante verlos. En el fondo, lo suyo era un grandioso acto de fe, a contracorriente de los tiempos. El Athletic era para ellos una ensoñación. Un bello cuento. De modo que caer contra el Sevilla les hubiera dejado indefensos, a la intemperie, más expuestos de lo que ya lo están a los cantos de sirena del Barça, del Madrid o de cualquier grande de la 'play station'. Necesitaban la vivencia de una victoria y la tuvieron. ¡Qué importante fue para ellos! Y lo que se dice de los niños sirve también para los jóvenes, incluso aquellos ya talluditos que frisan la treintena.
Lo ocurrido el miércoles fue algo objetivamente desmesurado para una semifinal de Copa. Nunca se había vivido en Bilbao un ambiente semejante antes de un partido. Ni en Bilbao ni, probablemente, en ninguna otra ciudad de España. ¿Cuándo se ha visto la plaza Moyua abarrotada de aficionados animando a los jugadores hospedados en el hotel Carlton? ¿Cuándo ha sido tan enfervorizado y constante el coro de las gradas de San Mamés apoyando al equipo e intimidando al rival? Fue tremendo. Como bien decía Pablo Martínez Zarracina, José María del Nido sólo pudo pensar una cosa cuando se sentó en el palco: «Dios mío. Están todos locos». Pero fue una locura entendible. Lo que se vivió en Bilbao el miércoles hay que interpretarlo como una explosión generacional. Después de 24 años, la carga de esperanza, ilusión, ansia de gloria y emociones había alcanzando tanta presión que tenía que estallar. Lo hizo y fue un magnífico espectáculo de fuegos artificiales.
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