
R esulta que hemos ganado. La noche vivida el miércoles en San Mamés fue especial para todos los que nos sentimos Athletic y, me atrevo a decir, para todos los amantes del fútbol. Para cualquier equipo llegar a la final supone un gran triunfo. Para nosotros, sin embargo, supone la ratificación de nuestra filosofía, la confirmación de que jugando con gente de casa también es posible competir, aunque en épocas malas, con clasificaciones penosas, todavía haya quien dude de ello.
No sabría decir si la otra noche me hubiese cambiado por cualquiera de los jugadores del Athletic. Y es que no sé cuál de las sensaciones me ha generado más satisfacción, si vivir las victorias desde el césped o vivirlas como un aficionado más. Afortunadamente para mí, he podido experimentar los partidos desde las dos situaciones y ambas me parecen un privilegio, un auténtico regalo, dos formas diferentes y complementarias de sentirme protagonista principal.
El miércoles fue para mí una noche especial. Me explico. Se unieron, por un lado, la victoria del Athletic y, por otro, la percepción de que mi hija Ainara estaba viviendo un momento único en su vida. (Y es que Ainara ha pasado de decirme, cuando tenía cinco años, «Aita, cuando te desapuntas del fútbol», a sugerirme ahora, con once años, «Aita, ¿podrías volver a jugar en el Athletic?»). Vamos, que me satisface el hecho de que le dé sentido a lo que su aita ha estado haciendo durante tantos años.
Antes del encuentro, realmente, no las tenía todas conmigo. Imaginaba, como luego así fue, un ambiente único, pero albergaba dudas sobre el desarrollo del partido. Era consciente de que podía darse la posibilidad, en un San Mamés como el que yo esperaba, de que el Athletic se desmelenase y tuviera una de esas respuestas que muchas veces ha tenido, una de esas reacciones que los rivales, aún siendo muy competentes, no aciertan a contrarrestar. Por otro lado, internamente, le daba más posibilidades a que el partido fuese muy competido y parejo, con un resultado incierto.
Así que decidí aprovechar nuestro paseo hacia San Mamés para preparar a Ainara, de modo que, ante una posible eliminación, no se desilusionara. Para ello le hice hincapié en las características esenciales del Athletic: la comunión entre afición y equipo, el contexto único que sólo San Mamés sabe crear, el orgullo de pertenecer a un equipo modélico y singular, un orgullo que ninguna derrota, por dolorosa que sea, puede enterrar.
Por eso, el ganar tiene para nosotros un significado que va más allá del simple hecho de la victoria. Nos sentimos doblemente felices, no sólo por la victoria, sino por conseguirla como nosotros hemos elegido hacerlo, con nuestra gente. Todos a una. Nuestra filosofía y su transmisión de generación en generación se vivieron el miércoles en San Mamés, que rugió desde el primer segundo del partido hasta el último y que culminó con la alegría de todos. Entre ellos, de Ainara, que, con sus ojos llenos de emoción, me dijo: «¡Aita, vamos a Valencia!».
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