La historia de la Copa es la historia del Athletic, campeón en 24 ocasiones y finalista en otras 11. De este modo, puede decirse que el regreso del Athletic a la final de Copa no es otra cosa que un regreso -bien añorado por cierto- a los orígenes del club, a esas primeras gestas interpretadas por 'sportmen' bilbaínos vestidos de azul y blanco, con bigotones decimonónicos, borceguíes y un 'cap' encasquetado en la coronilla.
A todos ellos les unía un espíritu indomable, un orgullo visceral sin el cual no podría explicarse la formidable trayectoria del Athletic en esta competición. Un gran ejemplo de ello lo dieron Acha, De la Sota, Goiri, Cazeux, Astorquia, Evans y compañía en el Hipódromo de Madrid. Era el 8 de abril de 1903 y el Athletic jugaba la final de Copa contra el Real Madrid. Al descanso, el Athletic perdía por 2-0 y 10.000 madrileños celebraban ya el título. Antes de reanudar el juego en la segunda mitad, Juanito Astorquia, el gran capitán bilbaíno, reunió a sus diez compañeros en torno a él y les fue mirando uno a uno con sus ojos de hielo. Cuando acabó de escrutarles a todos, ordenó un abrazo general.
-«¡Hay que ganar como sea! ¡Por el Athletic y por Bilbao!»-, gritó Astorquia ,y todos le secundaron.
Aquella tarde, el Athletic remontó el partido con tres goles en la segunda parte y llevó la segunda Copa a sus vitrinas. Un año antes, muchos de estos jugadores, formando parte del Bizcaya, una selección provincial compuesta con futbolistas del Athletic y del Bilbao, habían logrado la Copa de la Coronación de Alfonso XIII tras derrotar al Barcelona por 2-1. Tampoco aquella empresa fue fácil, como no lo fue eliminar ayer al Sevilla. El Barça se había plantado en Madrid con 11 titulares y 33 suplentes, todo un ejército que llevaba un mes entrenándose para el combate. Los vizcaínos, por contra, llevaban un mes sin jugar juntos. Pero supieron sobreponerse a todo y llevarse el título.
Con estos triunfos legendarios se funda una tradición que, más de un siglo después y tras 24 años sin alcanzar una final, parecía extinguida. En este sentido, no es exagerado decir que, detrás de la enorme alegría que embargaba ayer a toda la afición rojiblanca, se esconde la feliz sensación de que el club ha recuperado su lugar en la historia. Este lugar, evidentemente, es el trono de la Copa, un asiento de privilegio que sólo el Barcelona, aprovechando el tirón de la dos últimas décadas, ha llegado a poner en cuestión. Pero el rey ya está en disposición de volver. En Bilbao se prepara la gabarra, como hace un siglo se preparaban los cohetes y la banda de música de Garellano para homenajear a los héroes cuando éstos llegaban a la estación de Atxuri.
Trienio glorioso
Ya se ha recordado a los fundadores, pero hay muchos más. No se puede olvidar, por ejemplo, el trienio glorioso de mister Barness, aquellas tres Copas consecutivas -1914, 1915 y 1916- de los Pichichi, Belauste, Iceta, Acedo... Los protagonistas del famoso cuadro de José Arrue. Entonces no había Liga -ésta no llegó hasta 1927-, con lo que la Copa lo era todo. Como tampoco se puede olvidar al Athletic de mister Pentland, el único que ha podido combinar los títulos coperos -cuatro consecutivos entre 1929 y 1932- con los de Liga (en 1930, 1931 y 1934, éste último ya con Caicedo de técnico).
Sólo la Guerra Civil interrumpió las alegrías que dispensaron futbolistas como Blasco, Muguerza, Castellanos, Garizurieta, Lafuente, Bata, Unamuno, Iraragorri, Chirri, Gorostiza, etcétera; intérpretes estelares del 'scottish passing game' que abanderó en España Frederick Pentland, el hombre del bombín y del habano. Concluida la Guerra, el equipo rojiblanco siguió brindando alegrías en la Copa. El equipo de Juanito Urquizu, sostenido en futbolistas de primer nivel como Lezama, Bertol, Nando, Iriondo, Zarra, Panizo y Gainza, supo tomar el relevo a sus predecesores.
¡Vaya si lo hizo! De las nueve finales disputadas en los años cuarenta, el Athletic jugó seis. Ganó cuatro -al Real Madrid (1943), al Valencia (1944 y 1945) y al Valladolid (1950)- y perdió dos -contra Barcelona (1942) y Valencia (1949)-. Fue entonces cuando se acuñó aquello de que la final de Copa la jugaban el Athletic y otro más. Desde luego, era una bilbainada, pero vistas las cosas una bilbainada razonable.
Los cincuenta fueron la última década gloriosa. Los famosos once aldeanos de Dauzik y más tarde de Baltasar Albéniz trajeron tres Copas (1955, 1956 y 1958) y una Liga (1956) a las vitrinas del club. No es extraño que, como imagen de su centenario, en Ibaigane se eligiera la foto histórica de Piru Gainza, a hombros de Eneko Arieta, levantando al cielo la Copa recién conquistada ante el Atlético de Madrid en 1956. Y es que aquella imagen de Claudio hijo lo resume todo: el poder y la gloria representados por el jugador del Athletic que, de tanto recibir ese trofeo (lo hizo en 7 ocasiones), en 1958, una vez completada la hazaña histórica de arrebatarle la Copa al Real Madrid de Di Stéfano en el propio Santiago Bernabéu, llegó a despedirse de Franco con un memorable «hasta el año que viene».
A partir de aquel triunfo histórico, las alegrías de la Copa han llegado con cuentagotas. La leyenda comenzó a enfriarse y hubo que espaciar mucho más los desembarcos en Madrid -una costumbre por la que sienten una nostalgia feroz los madrileños con intereses en el sector hostelero- y los recibimientos multitudinarios. Pese a todo, la Copa siguió siendo el gran objetivo del equipo, aunque luego se perdiera la final, como ocurrió en 1966 ante el Zaragoza y un año después contra el Valencia. Esa vocación copera, inasequible a los desalientos, deparó los títulos del 69 y de 1973 y también la terrible derrota a penaltis contra el Betis en la final de 1977.
Llama encendida
La llama era muy tenue, pero seguía encendida y volvió a avivarse en 1984 con el último título copero que se aloja en las vitrinas del club. Como es de sobra conocido, se conquistó ante el Barcelona de Menotti y Maradona en aquella final famosa por la avalancha de aficionados en el Bernabéu -más de 55.000-, por el gol de Endika y por la tangana final entre rojiblancos y blaugranas. La temporada siguiente, es decir, hace ya 24 años, los pupilos de Javier Clemente disputaron la última final, la que se perdió (2-1) ante el Atlético de Madrid de Luis Aragonés y Hugo Sánchez.
A partir de entonces llegó el gran apagón. Han sido, pues, más de dos décadas de dura abstinencia acumulando decepciones y, en algunos casos, hasta sonrojos en eliminaciones vergonzosas. Toda una generación de hinchas del Athletic, en fin, se ha visto abocada a vivir el largo destierro del rey de Copas. De ahí la inmensa felicidad de todos sus súbditos ayer noche al comprobar que el viejo monarca, orgulloso, digno y doliente como Ricardo Corazón de León al regreso de las Cruzadas, vuelve para ocupar de nuevo su trono.
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