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4 de marzo de 2009
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El vuelo de las banderas
Nadie quiere perderse el duelo. / F. GÓMEZ
MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN.-

N o parece casual sino simbólico que el partido de esta tarde llegue justo después de una cita electoral. Es la ocasión perfecta para que, al menos durante dos horas, nos bajemos de la nube o nos levantemos de la lona, dejemos de rumiar el éxito o el batacazo, la amarga victoria o la dulce derrota, toda esa retórica respecto de la aritmética elemental, la menos retórica de las ciencias. Es la ocasión perfecta para que seamos del Athletic tan sólo, sin pensar en otra cosa, para relativizar, por un rato, todo lo demás. No debemos de ser tan diferentes entre nosotros cuando estamos aquí todos juntos, cantando las viejas canciones, bajo miles de banderas que son la misma bandera, que es de todos y no es de nadie, como no son de nadie el aire, la tierra, la libertad o el horizonte. Del mismo modo es de todos y no es de nadie el Athletic, patria común de los sueños y de la infancia, territorio mítico que compartimos en su día con nuestros padres y ahora lo hacemos con nuestros hijos. Mientras dure el partido no va a dolernos nada, vamos a desterrar las preocupaciones y contrariedades, dejará milagrosamente de acecharnos cualquier remota variedad de inquietud o de murria. Estaremos atentos al partido, abstraídos de cualquier cosa que pudiera distraernos.

Seremos de la misma edad que tuvimos en otras tardes luminosas y expectantes. Volveremos a ser jóvenes y animosos. Lo fuimos en otros partidos históricos como éste de hoy ante el Sevilla, que recordaremos inevitablemente en adelante como no olvidamos aquéllos que vimos en el campo o en la televisión, que oímos por la radio o nos contaron en el bar. Tal vez sólo, en realidad, leímos a veces lo que dijeron, al día siguiente, en sus descriptivas crónicas, los viejos plumillas, aquellos narradores solemnes e imaginativos que repentizaban, tecleando con dos dedos, desde el comienzo de la segunda parte, pero recordamos cómo fueron las cosas y con quiénes estábamos cuando sucedieron. Los partidos nos duraban entonces muchos días, tal vez por que el tiempo fuera más largo, pero también porque teníamos mayor afición por las tertulias evanescentes. Rememorábamos a la menor oportunidad las jugadas decisivas. Había narradores deslumbrantes en las barras de todos los bares, que enriquecían las jugadas con enfoques insospechados. Tal vez vayamos superponiendo con el paso del tiempo los partidos y las jugadas, pero no hemos perdido el olfato para detectar los partidos grandes, en los que sabemos que van a suceder cosas importantes, que no nos podemos perder por nada del mundo, como el partido de esta tarde. El resto de las cosas pueden esperar, al menos durante unas horas.

Los partidos grandes saben mejor cuando se comparten. No va a caber un alma esta tarde en San Mamés, pero no va a caber un alma en los bares, en las casas de cultura donde se van a instalar pantallas gigantes, en los salones de las casas donde se reunirán amigos y vecinos. Las calles de Bilbao y de Bizkaia van a quedarse desiertas durante esas dos horas del partido, pero después se pueden convertir, van a convertirse, en riadas coloridas y entusiastas, al viento las bufandas y las banderas. El fútbol es una de las pocas posibilidades que tenemos en el siglo para la épica noble e inocua, es la continuación de la paz por otros medios. Los espectadores, mientras contemplan los partidos, y especialmente los partidos trascendentales como éste, se olvidan de todas las cosas, son tan disciplinados e intuitivos, tan serios y audaces, tan salvajes y sentimentales como puedan serlo los jugadores sobre el campo, igual de ágiles y ocurrentes, al menos con el pensamiento. Hay licencia, en el fútbol, para dar rienda suelta a las emociones. Ése es uno de sus mayores atractivos, que podemos dejarnos llevar por un rato. Compartiremos esta tarde las voces de aliento y los bocadillos, los cánticos, las miradas refulgentes, las frases entrecortadas, los gestos, los abrazos. El partido se juega en toda la cancha, incluidas la grada y las barras de los bares. Todos somos de los nuestros. San Mamés va a retumbar como un orfeón rebosante de megavatios. Ya veremos qué sucederá mañana, pero hoy bastante tenemos con ganarle al Sevilla entre todos. Es tan rotundo el sueño de una nueva final que no cabe otro resultado.

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