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El Athletic ha eliminado al Sevilla de la Copa seis de las siete veces en que se han enfrentado
4 de marzo de 2009
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JON AGIRIANO.-

La historia del Athletic y el Sevilla en la Copa tiene siete capítulos y en todos ellos, salvo en uno, el argumento terminó con un desenlace favorable a los rojiblancos. La primera eliminatoria que enfrentó a ambos equipos tuvo lugar en mayo de 1921. Se trataba, como ahora, de las semifinales del torneo y los dos partidos, por prescripción federativa, hubo que jugarlos en Madrid. En principio, parecía una ciudad neutral, pero pronto se vio que la afición madrileña estaba volcada con el Sevilla. La razón era entonces más deportiva que otra cosa. El Athletic era el grande, el equipo de Pichichi y Belauste, un escuadrón de élite en el que se mezclaban jugadores del once histórico retratado por José Arrue, el que obtuvo los tres títulos consecutivos de Copa entre 1914 y 1916, y jóvenes valores de gran futuro como Sabino o Laca.

Con el público mayoritariamente en contra, abroncando a Belauste cada vez que éste intentaba hacer valer su corpachón, los rojiblancos hicieron un mal partido y fueron derrotados contra todo pronóstico por 2-4. Al día siguiente, sin tiempo a descansar, se disputó el partido de vuelta. (Igualito que ahora, en fin, cuando cuatro días de descanso no son suficientes para que el equipo titular del Athletic esté fresco). Fue un choque más igualado. El Sevilla plegó velas para intentar sorprender al contragolpe, una táctica que a los cronistas de la época les recordó a la que utilizaba el Arenas cuando se enfrentaba al Athletic.

El ambiente en las gradas fue muy tenso. Se produjeron varios enfrentamientos a golpes entre hinchas de uno y otro equipo. Es muy probable que las peleas se hubieran evitado si al público no se le hubiese ocultado un dato fundamental: el resultado no importaba. El Athletic estaba clasificado para la final -la acabaría ganando días después tras derrotar al Atlético de Madrid en San Mamés- ya que el Sevilla, que se había presentado en las semifinales con varios jugadores que no llevaban un año en su plantilla, estaba eliminado por alineación indebida. Las razones para que la federación ocultara un hecho de tal relevancia fueron desveladas al día siguiente en los periódicos. Eran dos. La primera, que se hubieran «perdido miles de pesetas» de recaudación. Y la segunda, «el deseo de los jóvenes de Madrid de que machacaran al Athletic». Convengamos, pues, que cualquier tiempo pasado no fue mejor en la RFEF.

Grises de blanco

Hubo que esperar doce años para que bilbaínos y sevillanos volvieran a encontrarse en la Copa. Esta vez, el Athletic no necesitó ganar en los despachos, tirando de reglamento. La apisonadora de mister Pentland pasó por encima del Sevilla sin mayores complicaciones en los octavos de final. El partido de ida se disputó en la capital andaluza y terminó con victoria del Athletic por 1-2. Roberto y Bata fueron los autores de los goles. En la vuelta, los rojiblancos se pasearon como tenían por costumbre: 5-1. El Sevilla ofreció una pobre imagen y los cronistas no se anduvieron con remilgos. «Está bien en la zona media de Segunda. Es un equipo gris vestido de blanco», se leía en EL CORREO.

El tercer duelo copero tuvo lugar en 1948. El Athletic vivía una transición. El invencible equipo que había armado Juanito Urkizu, el que obtuvo el título de Liga en 1943 y tres entorchados de Copa consecutivos entre 1943 y 1945, estaba sufriendo una sesión de alicatado. Henry Bagge intentaba enderezar el rumbo de una plantilla llena de nombres ilustres -Zarra, Gainza, Panizo, Bertol, Iriondo, Nando, Lezama, etc-, pero que, sin embargo, no acababa de rendir como lo había hecho en el primer lustro de la década.

El Sevilla eliminó a los rojiblancos, que no pudieron contar con Zarra, lesionado. Para ello, los andaluces necesitaron un golpe de suerte en la ida, en la que el Athletic, tras desperdiciar numerosas ocasiones, no pudo pasar del 2-1 en San Mamés, y un arrebato de bravura en la vuelta. Con diez hombres por expulsión de Araujo pero apoyados por un público chillón y flamígero, los pupilos de Patricio Caicedo, viejo conocido de la afición bilbaína, lograron el 2-0 que necesitaban para pasar a cuartos. Los rojiblancos se quejaron amargamente del segundo gol de los andaluces -pidieron mano- y la prensa de Bilbao cargó contra mister Bagge. «Del equipo bilbaíno se puede decir algo parecido a lo que se decía de aquel gallo que no cantaba porque algo le estorbaba en la garganta», aseguraba uno de los cronistas de este periódico.

El título de 1955

La revancha de esta eliminación llegó siete años después en el mejor momento y escenario posibles: la final de Copa y el estadio de Chamartín, abarrotado con 100.000 espectadores. El Athletic de Daucik no era el favorito aquella tarde de calor sofocante. Helenio Herrera tenía a su mando un grupo temible, sobre todo del centro del campo hacia arriba. Allí estaban Arza, Quirro, Loren, Domenech y Araujo, aunque éste era baja en la final. Tampoco podía jugar Canito, cuya ausencia obligó al entrenador del Athletic a improvisar una solución de urgencia. Daucik disfrutaba con esos cambalaches y no lo pensó: colocó a Artetxe, su extremo derecha, en el puesto de Canito, su defensa izquierdo. Y le salió bien. Artetxe demostró su versatilidad y el Athletic funcionó como un reloj secando todo el caudal creativo del Sevilla. El gol de la victoria rojiblanca llegó en el minuto 70. Lo marcó Uribe de volea, una suerte que tanto y tan bien había utilizado su padre treinta años atrás.

Tuvieron que pasar 18 años para que estos dos históricos volvieran a verse las caras en el torneo del k.o. Fue una eliminatoria de cuartos sin mucha historia que el equipo bilbaíno, dirigido por Pavic, utilizó casi como un aperitivo antes de los dos platos fuertes. Y eso que el Sevilla, a pesar de estar en Segunda, era un grupo compacto y valiente, muy bien dirigido por un antiguo inquilino del banquillo del Athletic, Salvador Artigas. De otra forma, no hubiera hecho la hombrada de eliminar al Barcelona en la primera ronda. El partido de ida se disputó en Sevilla y terminó sin goles. Los bilbaínos se dedicaron a defender y a dejar pasar los minutos. Y les salió bien. Una semana después, los pupilos de Pavic demostraron su superioridad. La primera media hora estuvieron algo despistados, pero a partir de un gol de Guisasola de penalti todo fue coser y cantar hasta el 5-2 final.

Goles de Dani

Quedan dos capítulos por recapitular: los duelos en las campañas 1976-77 y en la 1979-80. El Athletic volvió a salir victorioso en ambos. En la primera de ellas lo hizo con la insultante autoridad que demostró el equipo de Koldo Aguirre en San Mamés toda aquella temporada. Pocos dudan a estas alturas de que aquel Athletic ha sido uno de los mejores de la historia. El Sevilla de Carriega, que saltó al césped a soltar estopa y cazar tobillos, puede dar fe de ello. Para cuando se dio cuenta de donde estaba el arco de la Catedral, ya llevaba tres goles en contra. Al final, serían cinco. Marcaron Dani (2), Churruca y Carlos (2). La vuelta se jugó a beneficio de inventario. El Athletic ya estaba en semifinales. Los rojiblancos se adelantaron en el minuto 10 con un gol de Carlos y luego se dejaron ir, sobre todo en la segunda mitad, en la que encajaron tres goles.

Mucho más emocionante fue la eliminatoria siguiente, en treintaidosavos de final, la última hasta ésta que ahora nos ocupa y desvela. Un golazo de Txetxu Rojo permitió al Athletic venirse del Sánchez Pizjuán con un 2-1 que, como el que hoy hay que remontar, resultaba bastante apetecible. Senekovitz, de hecho, aseguró antes del partido que firmaba una derrota por la mínima en Sevilla. Y acertó. Al cabo de una semana, dos goles de Dani en apenas cuatro minutos, entre el 25 y el 29, decidieron la eliminatoria. Eso sí, hubo que defender esa renta con uñas y dientes y tener un poco de fortuna; la que hubo, por ejemplo, cuando a Scotta se les desvió el cañón y falló un penalti. Ojalá esta noche podamos contar una historia similar.

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