L a Copa siempre ha sido, en el mundo del fútbol, la competición más noble, más épica, más esforzada. Está hecha para los héroes. La Liga, en cambio, remite a la frialdad de los despachos, al rigor de los contables, a la habilidad de los gerentes. La Liga es tan larga que en ella no prevalece la fuerza de la voluntad sino la cuantificación del presupuesto. Se funda en el control del fútbol por la tecnocracia. Nada hay más distinto a un héroe que un tecnócrata, pero también nadie más inepto que un héroe para gestionar recursos económicos. Por eso la Liga es hoy más importante que la Copa. En los despachos, hace muchísimo tiempo, decidieron relegar la Copa a un segundo o tercer plano y hacer de ella una reliquia, un vestigio de otro tiempo. Los gerentes deportivos saben que de la Liga se extrae más dinero que de la Copa y que en aquella la hegemonía de los equipos fuertes está garantizada. Y el fútbol, también desde hace muchísimo tiempo, es un asunto de dinero. Sobre todo de dinero. Y casi siempre nada más que de dinero.
La Liga es una cosa larga, cara y aburrida. Todo el mundo sabe quién juega para ganar y quién juega para rellenar el calendario con las decenas de partidos preceptivos, los partidos necesarios para habilitar un escenario creíble. Antes de que empiece la Liga hay dos equipos, Madrid y Barcelona, que salen a disputarse el pastel, mientras que los demás adoptan el poco vistoso papel de acompañantes. No me explico a quién puede interesar esa competición poco emocionante, previsible, donde los registros de la clasificación se mueven mes tras mes a paso de elefante, sin el vértigo que suscita el resultado indeciso de un partido de Copa. Los que siguen la Liga y no apoyan ni al Madrid ni al Barcelona son víctimas de una lamentable 'alienación'; pero también son víctimas de la 'alineación', ya que si en el equipo surge algún muchacho con talento los grandes enviarán a sus halcones para hacer uso de la chequera. Porque si los grandes impiden que en la Liga alguien les haga sombra no es gracias al juego: es una determinación presupuestaria, y no hay más.
La Copa es otra cosa. En la Copa hay lugar para la suerte, para el coraje, para un cabezazo afortunado, para un regate decisivo y genial. Conserva la épica de los viejos tiempos. Se filma mentalmente en blanco y negro. Emociona de igual modo en la primera eliminatoria o en una semifinal. Son cosas que no se entienden en la otra competición. En la Copa hay lugar para el milagro. Aunque los materialistas aseguran que los milagros no existen y a lo mejor tienen razón. Por eso habría que concluir que la Copa, en el fútbol de hoy, sólo es un espejismo.
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