
R egalar libros es uno de mis placeres favoritos. Borges pensaba que uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que lee. Mejor así, porque uno es consciente de sus limitaciones a la hora de plasmar en un texto sus pensamientos. Hace unos días recibí un regalo muy especial. John Carlin, un periodista y escritor inglés que me honra con su amistad, me enviaba su última obra. Se titula 'El factor humano'. En ella se relata con mano maestra cómo Nelson Mandela utilizó un partido de rugby para unir a un país dividido por cincuenta años de odio racial. Una historia fascinante que confirma que, como pensaba el líder sudafricano, el deporte tiene el poder de inspirar, de unir a la gente, de cambiar el curso de la historia. Un partido de rugby en Sudáfrica, o uno de fútbol en Bilbao, es un poderoso instrumento de movilización de masas y agudiza las percepciones y los sentimientos de los ciudadanos.
Yo no sé si el próximo lehendakari se llamará Patxi o Juan José. Lo decidirán, como siempre, los pactos postelectorales. Pero tengo claro que ambos desearían poseer la capacidad aglutinadora del Athletic. Un sentimiento de unidad que quedará plasmado el próximo miércoles de manera abrumadora y emocionante. Lo sentimos ya. Unos, paseando por las engalanadas calles del Botxo. Otros, entre los que me incluyo, con la intensidad especial que provoca la distancia. Cuando a Charles Baudeleire le preguntaron si amaba a su patria, el poeta francés contestó que desconocía en qué latitud se encontraba. Yo lo tengo claro. Me bastaría con incluir en el GPS un punto, aquel donde confluyen la bilbaína calle Luis Briñas con la Santa Casa de Misericordia y la antigua Feria de Muestras. San Mamés es mi casa. El Athletic es mi patria. Cuando son rojiblancas, no hay guerra de banderas. Las alzamos todos. Como en aquella mítica final de la Copa del Mundo de rugby en la que los Springbox unieron a blancos y negros de forma espontánea y emocional, una nueva final de Copa, tras un cuarto de siglo de sequía, puede ser el pegamento que junte, si no a una sociedad dividida, sí al menos a un club descosido por años de desgobierno y división.
La historia que inspiró a John Carlin para un relato de tal intensidad que el mismísimo Clint Eastwood se ha hecho con los derechos para llevarla al cine, tuvo un final feliz. El equipo de Sudáfrica llegó a la final. Y la ganó, derrotando a los míticos All Blacks de Nueva Zelanda, una especie de Barça en versión 'balón ovalado'. El paralelismo es evidente. Nelson Mandela le confesó al autor que, para lograr su objetivo, no había apelado a la razón, sino a sus corazones. Los corazones rojiblancos no necesitan ser espoleados. Laten con fuerza desde que acabó el partido de El Molinón. Y galoparán desbocados durante dos horas de pasión y fútbol en estado puro. Espero que el mío aguante el esfuerzo añadido de contar y cantar en la Sexta lo que suceda en la noche más esperada. Hagan juego señores. La apuesta, como quedó evidenciado el sábado, es arriesgada. Todo o nada. Para conquistar el objetivo, y al margen de pizarras y estrategias, sólo cabe apelar al corazón. El nuestro es grande. De león. Ahí vamos.
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