
Metido dentro de ese paréntesis que no se cerrará hasta el miércoles 4 de marzo, el Athletic se vino ayer de Getafe con un punto, que parece el máximo premio posible en el Coliseo Alfonso Pérez. Son ya cinco visitas y no hay forma de celebrar una victoria. El empate admite varias lecturas dependiendo de donde coloque cada uno el listón de la ambición y su exigencia a este equipo en la Liga. Puede darse por bueno y celebrarlo, como hizo Joaquín Caparrós, al que sus gestos en el banquillo en los minutos finales le delataron: quería que aquello acabara lo antes posible y meterse el puntito en el coleto. Al fin y al cabo, los de abajo vienen pitando -antes del partido, el descenso estaba sólo a seis puntos- y tampoco es cuestión de confiarse ahora que llegan los pesos pesados. ¿Se trata de una mentalidad pobre, responsable o simplemente pragmática? El técnico de Utrera podría haberlo explicado después del encuentro, pero últimamente no parece tener muchas ganas de meterse en matices y en las ruedas de prensa juega al escapismo y al monosílabo. Será que sólo piensa en el Sevilla.
El 1-1, sin embargo, también puede ser visto como una decepción, como un bagaje escaso. Y no sólo porque el Athletic desperdiciara ayer un penalti y una ocasión clamorosa, de esas que se recuerdan durante días con el malestar que provoca lo incomprensible -¡cómo pudo fallar eso Llorente!-, sino por la percepción, muy extendida, de que el Getafe era un rival perfectamente asequible, un grupo inconstante que fue perdiendo burbujas a medida que pasaban los minutos hasta parecer muy vulnerable. A poco que los rojiblancos hubieran demostrado un poco más de intensidad y mordiente en la segunda parte, es muy probable que se hubieran llevado los tres puntos. Pero así están las cosas. Un tanto indefinidas, entre paréntesis a la espera del gran día.
El error de Ayza Gámez
Lo que sí puede decirse del empate es que fue justo en el sentido que reflejó los méritos acumulados por los dos equipos. Getafe y Athletic depararon un partido abierto, lleno de imprecisiones y recovecos, un pulso extraño y anárquico. Sólo en el primer cuarto de hora, cuando Granero y Soldado activaron su conexión, tuvo dueño el juego. Este fue el Getafe, que se aprovechó de una defensa rojiblanca bastante empanada en ese arranque para amenazar la portería de Iraizoz. Los de Víctor Muñoz se salieron con la suya y lograron adelantarse en el marcador en una jugada polémica. Antes de que Soldado rematara a gol, Javi Martínez pareció recibir un empujón que le impidió despejar el balón en condiciones.
Sea como fuere, Ayza Gámez compensó rápidamente al Athletic señalando un penalti ridículo de Mario a Llorente. El regalo del colegiado -otro de la Cofradía del Santo Suplicio y del Peligro Latente- pareció magnífico en un primer momento, pero acabó siendo envenenado. En primer lugar, porque Iraola asumió la responsabilidad y falló. Jacobo le adivinó la intención. Y en segundo lugar porque el error de bulto de Ayza Gámez fue tan flagrante que habrá acabado de extender entre los propios árbitros la percepción de que al delantero rojiblanco le están beneficiando en exceso esta temporada. Y de ahí a que no le vuelvan a pitar un penalti salvo que un central le aplique el garrote vil sólo hay un paso.
Oportunidades
Que Iraola fallara la pena máxima tuvo una incidencia curiosa en el partido. El Getafe se acomodó. Por lo visto ayer, los de Víctor Muñoz tienen una cierta querencia a la vida muelle, a la tumbona. Salvo que se sientan muy exigidos, sus futbolistas de más talento -Casquero, Gavilán, Granero o Uche-, no son capaces de sostener un ritmo alto y constante. Y como el Athletic no se les antojaba muy fiero -sólo Javi Martínez daba el callo con un despliegue espectacular- se dejaron ir. Es cierto que Cortés, a pase de Uche, tuvo una ocasión magnífica en el minuto 38, pero fue en una jugada aislada. Los madrileños no apretaban. Y lo pagaron. Llorente hizo un gol magnífico poco antes del descanso, el Athletic comenzó a tocar el balón y el partido ya fue otro muy distinto.
En la segunda mitad reinó un equilibrio inestable. Cualquier cosa podía pasar. El fútbol era un ir y venir bastante impreciso. A los equipos les faltaba una marcha más, del mismo modo que al árbitro le faltaba un poco de vista y un linier amigo. Quizá fuera una cuestión de mentalidad, de arrojo, de atrevimiento para lanzarse al abordaje e ir a por el partido. O quizá fuera miedo, el sentirse y saberse vulnerables. El Getafe supo que lo era después de que a Vélez se le fuera alto un voleón en el minuto 49, a Orbaiz otro cuatro minutos después y a Fernando Llorente, a pase de Toquero, la ocasión del año en el minuto 72.
Fueron grandes oportunidades, tanto que podría decirse que al Athletic se le escapó vivo el Getafe, que a los rojiblancos, en fin, sólo les faltó pegada para ganar. Y sí, pero no. Al equipo de Caparrós le faltó también apetito, que ya se sabe que es más insaciable cuanto más grande es un equipo. El Getafe le creo peligro. Ello sin contar que el linier puso palos en las ruedas de los madrileños con dos fueras de juego inexistentes en sendas jugadas que eran medio gol. En una de ellas tuvieron su bronquilla Ocio y Yeste. En fin, que habrá que conformarse y seguir tachando días del calendario. Ya falta menos para el 4 de marzo.
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