
El Athletic salió derrotado de la nevera de Pucela, donde disputó un partido de lo más caliente ante el compacto Valladolid de José Luis Mendilibar. Los dos equipos se agarraron de la solapas desde el primer minuto y ya no se soltaron. En ese sentido, fue un duelo divertido. Hubo poco fútbol, pero es que tampoco se podía pretender que lo hubiera en un campo que estaba como una piedra y en una tarde tan fría y ventosa como la que se vivió ayer en la capital castellana. Y hablando de rigores climáticos, de sufrimientos, en fin, qué decir del helador Paradas Romero, todo un ejemplo de esos árbitros peligrosísimos que entran en los partidos sin encomendarse a nadie y acaban provocando, como aquel indio al que interpretaba Peter Sellers en la película 'El Guateque', una cadena imparable de destrozos. ¡Qué tío!
El colegiado andaluz le puso un rejón muy duro al Athletic con el penalti inexistente que supuso el 1-0 del Valladolid. Es cierto que lo intentó compensar en la segunda parte señalando un penalti de barraca a Fernando Llorente, pero también lo es que, en el minuto 71, debió pitar una segunda pena máxima -ésta sí clara- en un derribo a Ion Vélez. Y ya no se atrevió. Aparte de eso, Paradas Romero se confundió en las decisiones pequeñas. De hecho, acabó desquiciando incluso a la afición local, que sufrió mucho en los últimos minutos, cuando el Athletic achuchó en busca de un empate que fue imposible. A los rojiblancos les faltó ayer un punto de lucidez en sus llegadas y quizá un pelín de suerte en algunas acciones puntuales para haber podido rascar algo positivo.
En la misma onda
Desde el arranque, el partido dejó la sensación de que chocaban dos equipos muy parejos, sobre todo en su estado de ánimo. El Athletic lleva semanas protagonizando auténticos autos de fe. Nadie duda de que los pupilos de Joaquín Caparrós tienen, hoy por hoy, ese punto efervescente de los equipos que creen en sí mismos y se ven capaces de cualquier empresa. Pues bien, resulta que el Valladolid está en la misma onda. Así se entiende que, con su victoria de ayer, los blanquivioletas superen al Athletic en la tabla. Mendilibar ha cosido un bloque fuerte y tiene unos cuantos futbolistas más que potables que han logrado minimizar los efectos nocivos de la marcha de Joseba Llorente. Es el caso de Borja, Pedro León, Sesma o del incombustible Víctor, quizá el que más ha podido echar de menos al ahora delantero del Villarreal. Pero el capitán vallisoletano es un tipo listo y con oficio y sabe adaptarse a las circunstancias. Ayer se fue del campo como un torero tras cortar dos orejas al Athletic, una de sus víctimas preferidas.
La igualdad fue la nota dominante durante los primeros 35 minutos, que fueron una sucesión de saltos, choques y disputas, de idas y venidas bajo el ventarrón siberiano. Ninguno de los dos contendientes cejaba en la brega y el público tenía la sensación de que pasaban muchas cosas, pero que pocas de ellas eran importantes. El Valladolid, sin embargo, aceleró en los diez minutos anteriores al descanso, un período en el que a los bilbaínos se les acumularon las desgracias: encajaron el 1-0 en una injusticia y perdieron a dos futbolistas: Ustaritz y Javi Martínez. Lo del navarro fue un gaje del oficio: una mala postura le provocó una lesión en el abductor de la pierna derecha. Lo del central de Abadiño fue un capítulo más que añadir a la historia de una maldición que está comprometiendo su carrera.
Precipitación
La segunda parte tuvo más electricidad si cabe. El Valladolid salió decidido a aprovechar el viento a favor, una ventaja a la que el Athletic no supo sacar partido en los primeros 45 minutos. Y lo consiguió. El segundo gol, una bella jugada que nació en Borja, siguió en Sesma y terminó en Víctor, al que la defensa bilbaína le puso la alfombra roja, se antojó una sentencia definitiva para un Athletic que venía de pegarse una paliza en el Sánchez Pizjuán. Sin embargo, los rojiblancos no se dan por vencidos al primer contratiempo. Y menos con 4.000 aficionados animándoles desde las gradas. El caso es que se fueron hacia arriba, a partirse la cara, sin mirar atrás.
Su actitud fue inmejorable. Un ejemplo de ella fueron Ion Vélez, que sigue negado para el gol pero se dejó de nuevo las pestañas, y Joseba del Olmo, que salió en lugar de Javi Martínez y no se cansó de percutir con bravura por su banda izquierda. El 2-1, obra de Orbaiz en el rechace de un penalti fallado por Llorente, acabó de animar a los bilbaínos. Tenían por delante media hora para remontar y se sintieron capaces de hacerlo. Si no lo lograron fue por dos cuestiones fundamentales. La primera fue el propio Valladolid, que siguió a lo suyo aguantando el pulso. Y la segunda fue una cierta precipitación, una ansiedad que acabó convirtiendo las acciones de ataque del Athletic en un revoltijo. Faltó calidad. Quizá frescura. Desde luego, se echó de menos profundidad en la bandas. Susaeta no aportó nada y Caparrós prescindió ayer de David López y Gabilondo. Vamos, que los tres puntos eran muy golosos y fue una pena. Como lo fue la bobada final de Yeste y su consiguiente expulsión. No es la primera vez, así que tampoco hay que sorprenderse.
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