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El Athletic recula y pierde en el descuento, pero el gol de Llorente le mantiene con vida en una semifinal que se decidirá en San Mamés
5 de febrero de 2009
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Un ejercicio de supervivencia
Jugadores rojiblancos y sevillistas forcejean en una barrera en una falta contra la portería de Iraizoz. / REPORTAJE GRÁFICO: IGNACIO PÉREZ
JON AGIRIANO.-

Se trataba de hacer algo grande, de demostrar la fortaleza del equipo en el examen más exigente del año. Era el partido más esperado, el que todos los futbolistas querían jugar y el que ningún aficionado rojiblanco quería perderse. Pues bien, el Athletic se dejó algunas plumas en el Sánchez Pizjuán pero salió vivo del gran envite copero. Algo es algo. El 2-1 dejó un regusto amargo porque el gol de la derrota llegó en el descuento y porque los pupilos de Caparrós jugaron con fuego durante toda la segunda parte y se acabaron quemando, pero es un resultado aceptable. Y más pensando en que el Sevilla desperdició un penalti a ocho minutos del final. San Mamés, por lo tanto, puede prepararse con la ilusión intacta para el partido de vuelta dentro de un mes. El Athletic necesitará un apoyo histórico para dar el último paso y alcanzar la final de Copa 24 años después.

Hubo dos partidos de 45 minutos ayer en el estadio de Nervión. El que se jugó con el campo convertido en una marisma en la que el balón no podía circular y el que pudo disputarse con el césped bastante más seco. Lo que son las cosas: los empleados del Sevilla que achicaron agua como galeotes durante el descanso tuvieron más impacto en el juego que cualquier decisión táctica de los entrenadores. No hace falta decir que el Athletic disfrutó en el primero de esos partidos y pasó las de Caín en el segundo, como era de esperar.

La tromba de agua que estuvo a punto de suspender la semifinal fue una bendición para los rojiblancos. Y es que sobre un campo impracticable todo se iguala. Los favoritos dejan de serlo, los magos pierden la chistera, las flechas pierden velocidad y el azar cobra un protagonismo determinante. Es cuestión de pelear, chocar y arrear. Y de ser listo para no cometer errores, sobre todo intentando hacer lo que no se puede. El Athletic estaba feliz en esa lucha de gladiadores. No todos sus jugadores disfrutaban igual con la cota de malla. Algunos como Yeste, por ejemplo, no podían estar a gusto. Pero otros eran felices: los centrales, Javi Martínez, Koikili, Ion Vélez, incluso Llorente...

Parados

Todo lo contrario le ocurrió al Sevilla, que sufrió desde el principio. No se trataba de que los jugadores de Manolo Jiménez no supieran lo que hacer, sino que haciendo lo que hacían eran mucho menos peligrosos que en condiciones normales. La brega de Romaric y Duscher en la medular no bastaba. A los andaluces les faltaba velocidad, esa corriente brutal que ponen a su juego de ataque; justo lo que más temían los rojiblancos. Es cierto que aún así tuvieron alguna ocasión de gol, pero siempre a balón parado. La mejor fue un cabezazo al larguero de Romaric en el minuto 33.

Metido en su faena, el Athletic tardó casi cuarenta minutos en llegar con peligro a la portería de Palop. Hasta que Llorente tocó la aldaba y presentó sus credenciales, la única oportunidad de los bilbaínos fue un disparo lejanísimo de Vélez que se fue alto por poco. La aparición del delantero riojano, sin embargo, fue estelar. En el minuto 40 se sacó un voleón formidable que Palop despejó a duras penas. Dos minutos después, en el saque de un córner, el guardameta del Sevilla salió a poner la bombilla. Llorente se le adelantó y logró el 0-1.

El autobús

El gol era tan importante que se hizo imposible no comenzar a disfrutar con su valor. Ya se sabe: la vieja manía de ponerse a contar las monedas de oro. El Athletic había conseguido uno de sus objetivos básicos. Sin ese gol, el partido de vuelta hubiera sido una ruleta rusa interminable. Con ese gol, será el rival el que nunca jugará tranquilo. Los jugadores del Athletic salieron tras el descanso con esos cálculos en la cabeza. Si a ello se añade que enseguida comprobaron que el césped estaba mucho mejor y que el Sevilla iba a poder jugar casi a gusto, su reacción fue la esperada: aparcaron el autobús en la media luna de su área y no lo abandonaron más que en un par de ocasiones. Por cierto, resulta imposible no recordar una de ellas, allá por el minuto 50. David López se sacó un centro-chut cruzado y, llegando al palo largo, Ion Vélez estuvo a punto de empujar a la red. Sólo faltaron unos centímetros (o unas milésimas) para que se consumara el 0-2. Quién sabe si ahí estuvo la final.

El repliegue del Athletic terminó como suelen terminar esas cosas insensatas. Mal. El Sevilla crecía y crecía a medida que el campo se secaba. Navas era un cuchillo por su banda y Acosta y Capel, que habían salido de refresco, acabaron de impulsar a su equipo. Aunque Gorka Iraizoz estaba entonado, tampoco era Superman. Duscher logró el empate a la hora de juego y Acosta hizo el 2-1 definitivo en el descuento, poco después de que Kanouté enviara al palo un penalti. Alguno pensó entonces que los astros se estaban posicionando para que el Athletic estuviera el 13 de mayo en Valencia. Pero al final eso no quedó claro. Se verá el 4 de marzo.

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