
Jesús Navas (Los Palacios, 1985) ha salido de una lámpara. La de los genios, se entiende. La frotó un buen día Pablo Blanco, uno de los cazatalentos del Sevilla, y se dio de bruces con un diamante. Dicen que de niño driblaba hasta a los charcos. El técnico le vio jugar en un patatal impracticable, pero al chaval no pareció importarle. Se iba de uno, de otro, regate, velocidad... «¿Qué hará en seco?», se preguntó en voz alta. Alguien le contestó: «En seco hasta le dribla a usted». El chico acabó fichando por el club hispalense, un imberbe que se 'merendaba' la pelota, y debutó en Primera -ante el Espanyol- con 18 años. Caparrós le dio la alternativa. «Mi padre futbolístico», ha confesado más de una vez. Hoy se reencontrará con su 'progenitor'; eso sí, sentado en el banquillo rival.
De aquel debut en el Lluis Companys, un 23 de noviembre de 2003, han pasado más de cinco años. Comentan en Sevilla que el fútbol no ha estropeado al chaval, que el dinero y la fama apenas le han cambiado. «He aprendido a ser humilde de mis padres», repite el extremo andaluz. Tiene mucho apego a su familia y no soporta estar lejos de los suyos. Los que le conocen dicen que le «cuesta dormir» cuando viaja con el equipo. Las concentraciones son el Tourmalet de Jesús Navas. El don de jugar al fútbol, empaquetado en 60 kilos de velocidad y regate, sólo se ha visto lastrado por sus problemas de ansiedad. No es ningún secreto que lo pasa mal fuera de casa. Esa barrera mental, que los psicólogos tratan de derribar, ha sido la culpable de que todavía no haya debutado con la selección.
No le gusta hablar de ello. Normal. Prefiere hacerlo en el campo. «Todos tenemos nuestra forma de ser y nuestros problemas. Somos humanos». El miedo le ha obligado a abandonar una concentración del Sevilla y otra de la sub'21. Necesitaba volver con los suyos. Ecosistema de tranquilidad. Navas tiene cuatro hermanos y cuando uno de ellos, Marcos -ahora en el Albacete-, firmó en su día por el Xerez, el '7' sevillista, en Primera y jugando en Europa, confesó a sus más allegados: «Qué suerte tiene, estará cerca de casa». Le agobia que le reconozcan por la calle y no se siente cómodo siendo el centro de atención. Con la familia y los amigos, sin embargo, se muestra sociable y hasta chistoso.
«Correr muy de prisa»
Cuestiones de salud al margen - «parece que todos tienen un máster en Medicina para opinar», se queja-, Navas es puro desequilibrio y verticalidad. Lleva cuatro goles y cinco asistencias en lo que va de temporada y hoy irá a la caza del león. Algunos creen que le falta físico, que los defensas le superan en músculo y kilos; él sabe cómo manejarlo. «El secreto es no chocar y correr muy de prisa». Nunca se cansa de encarar a su par y de poner centros para que Kanouté, Luis Fabiano -baja por lesión-, Renato y Chevantón vayan engordando sus estadísticas. Y para que las cosas salgan bien, manías de futbolista, siempre entra con el pie derecho al campo.
El deportista que disfruta con la música de Andy y Lucas y las películas de Robert de Niro y Nicole Kidman se ha labrado un nombre en Primera. Ha madurado y poco a poco está saliendo de las trampas que le tienden sus miedos. Su carrera la han marcado tres hombres: Joaquín Caparrós, «mi padre futbolístico»; Pablo Alfaro, «mi 'tío'» -solían ser compañeros de habitación-; y José Antonio Reyes, «mi ídolo». Ya no les necesita. No como antes. La vida le obliga a volar solo.
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