
Pocos como Manolo Jiménez, entrenador del Sevilla, conocen las rutinas de Joaquín Caparrós cuando ante sí tiene un partido importante como el de esta noche en la ida de las semifinales de Copa en el Sánchez Pizjuán. «Tendrá todo el vestuario empapelado con eslóganes, fotos, declaraciones que hayamos hecho nosotros... Además, ya habrá preparado el vídeo y un CD con música motivadora». Jiménez sabe de qué habla. Fue segundo de Caparrós durante unos pocos meses, los que transcurrieron entre su fichaje por el Villarreal -entonces en Segunda A- en 1999-2000 y su cese tras la séptima jornada de Liga, el único despido en el currículo del utrerano.
Jiménez se desligó de Caparrós después de aquella experiencia. El fracaso no tuvo nada que ver. «Joaquín se dio cuenta de que yo tenía arranque, que me gustaba tomar decisiones y no estar a la sombra del primero. Ser segundo es un oficio para el que yo no valgo», reflexiona junto a un banquillo del campo del filial. En ese equipo comenzó precisamente la carrera como primer espada del técnico de Arahal. «No hay mal que por bien no venga. Nos echaron del Villarreal, decidimos separar nuestros caminos y la siguiente temporada (2000-2001) los dos estábamos en el Sevilla, él en el primer equipo (Segunda A) y yo en el filial (Tercera)».
Unas pocas semanas después apareció Ramón Rodríguez Verdejo, más conocido como Monchi, quien firmó como secretario técnico del club. «Fue entonces cuando le conocí a fondo. Descubrí a un sevillista de cuna, de los que nunca se ha ocultado y que sigue siendo socio del club», explica Monchi.
Esto del 'sevillista de cuna' es un grado aristocrático en la ciudad. Pedro Gómez Rojo, presidente fundador de la Peña Sevillista Joaquín Caparrós radicada en, cómo no, Utrera, lo explica. «Su padre, ya fallecido, era un utrerano sevillista de toda la vida, algo complicado porque en los pueblos de la provincia los béticos son clara mayoría. Hay una costumbre que Joaquín ha mantenido toda su vida como homenaje a su padre. Cada vez que va al campo del Betis dice que su equipo juega con doce porque su progenitor le apoya del cielo».
Jiménez posee el récord de partidos oficiales con el Sevilla, 354. Pero prefiere presentarse como «un gran amigo de Joaquín». Los dos entrenadores acostumbran a intercambiarse mensajes vía sms. «Nos gusta bromear uno con el otro. Como no nos vemos apenas, lo hacemos así, como si estuviéramos en el bar tomando una cerveza». Sin embargo, la relación por teléfono está en barbecho. «Se acerca el partido del Pizjuán. No estamos para chistes».
Uno de los grandes
Con Monchi, Caparrós y Jiménez el Sevilla comenzó el despegue hacia el cielo. «En 2000 éramos como lo que hoy es el Athletic, un histórico que se daba por satisfecho con un buen pasar en la temporada», evoca Jiménez. «Hoy, en cambio, somos uno de los grandes, un club que se exige títulos a sí mismo».
Monchi fichaba por cuatro chavos. Así llegaron Baptista y Alves. El primero costó tres millones de euros como medio centro y su rendimiento, en un inicio, fue decepcionante. «Joaquín se dio cuenta de que tenía llegada, le adelantó y en ese puesto explotó», explica. El Sevilla lo traspasó al Madrid dos años después por 25 millones, ocho veces más de lo invertido. Con Alves el negocio fue aún más espectacular. Llegó en 2001 desde el Bahía brasileño por 500.000 euros. El pasado verano se fue al Barcelona a cambio de 35,5 millones, 71 veces más.
Monchi impuso desde el principio de su gestión dos normas fundamentales: «Hombres, no nombres» y sacar petróleo de la cantera. Jiménez recita la lista de talentos que tuvo a sus órdenes: «Reyes, Sergio Ramos -47 millones ingresados en traspasos entre los dos-, Navas, Antonio Puerta, Antoñito, Capel, David Prieto...». Y añade: «Casi todos ellos pasaron por las manos de Caparrós. Nos entendíamos perfectamente. Nuestra relación era muy fluida. Joaquín empezó a llevar a cabo entonces algo que le acompaña en sus siguientes clubes: hacer un día a la semana entrenamientos con chicos escogidos de la cantera», relata el preparador sevillista.
Cuando llegó no era llevadero ser sevillista. El equipo estaba en Segunda A. Más bajo no podía caer. Desde ahí, hasta la UEFA, pasando por una semifinal de Copa perdida en 2004 ante el Real Madrid. Ninguno de los dos quiere explicar el misterio de su marcha, el 2 de junio de 2005. Había llegado con Roberto Alés de presidente y se fue con el actual, José María del Nido. «Los ciclos terminan y como es un hombre ambicioso decidió cambiar de aires e irse al Deportivo», esquiva Jiménez.
Monchi confiesa que lo pasó fatal en aquellos momentos. «Cuando me despedí de él lo hice con lágrimas en los ojos. Fue un palo muy gordo para mí. Se iba mi entrenador y mi amigo. Además, era la primera vez que debía hacer frente a un cambio en el banquillo».
Caparrós, con el rostro desencajado y humedecido por el llanto, fue incapaz de leer ante los periodistas el comunicado que había preparado. Sólo acertó a proclamar un «Sevilla 'forever'». En su maleta estaba el botín más preciado: las botas que le regaló Juan Arza, un mito del sevillismo nacido en Estella y el jugador con más goles (183) en la historia de la entidad.
Cuando habla de su amplio currículo en los banquillo, Caparrós suele subrayar sus cinco años en el Sevilla. «Para mí ser entrenador del Sevilla ha sido lo máximo», resalta. En la Ciudad Deportiva, Monchi y Jiménez le llenan de medallas. «Su gestión aquí fue de diez. Él fue quien puso la semilla del Sevilla triunfador actual», destaca el secretario técnico. Jiménez le elogia porque «fue el entrenador que puso en marcha la fórmula de nuestro éxito, fichajes asequibles y mucha cantera».
Caparrós se enfrenta esta noche a su alma y su obra, pero ninguno de los dos espera concesiones. Le conocen muy bien. «Es muy sevillista, pero también un gran profesional. Tengo claro que hará lo imposible por eliminarnos», asume Jiménez.
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