
Reforzado en su moral de batalla por la victoria de anoche ante el Málaga de Antonio Tapia, el Athletic vela armas para su asalto a la final de Copa, una hazaña cuyo guión comenzará a escribirse el próximo miércoles en el Sánchez Pizjuán. No hace falta insistir en la dificultad de la empresa. Tras dejar en la cuneta a tres equipos objetivamente inferiores -Recreativo, Osasuna y Sporting-, los rojiblancos se van a enfrentar ahora a uno claramente superior. Es lo que toca. Lo natural. Al fin y al cabo, toda hazaña requiere para serlo de, al menos, una victoria ante un enemigo que nos supere en fuerza o en número. ¿O alguien esperaba meterse en la final fumando un puro y pisando una alfombra roja desde los dieciseisavos?
Convencidos de la mayor calidad de su equipo, los sevillistas ya se ven disputando el título el próximo 13 de mayo. No es algo que deba extrañarnos. Se quiera o no, el Athletic ha perdido mucho crédito en los últimos años. 24 temporadas sin acceder a una final y un par de ellas hace muy poco luchando como gatos panza arriba por la permanencia no salen gratis. Tienen sus consecuencias. Una de ellas afecta al prestigio. Se trata de la pérdida de galones del club, instalado desde hace casi dos décadas entre la clase media de la Liga, muy lejos ya de los salones aristocráticos que frecuentó durante los noventa primeros años de su historia.
Ahora bien, harían muy mal los aficionados del Sevilla si no rebajasen un poco su exceso de confianza. Y es que, a diferencia de lo que ha venido ocurriendo en los últimos años, al Athletic se le nota esta vez una determinación feroz, algo que le convierte en un enemigo peligroso. El equipo de Caparrós se ha marcado un objetivo a fuego. Es algo que salta a la vista. Se nota el perfume de la conjura, la respuesta unánime al toque de corneta. La Copa es un sueño compartido que se ha ido haciendo más y más grande hasta convertirse en una bola de nieve imparable. Es tal la necesidad de volver a disfrutar de algo bonito, tan grande la ansiedad por devolver al club una parte de la gloria perdida que todo se ha desbordado. Quién nos hubiera dicho hace unos años, por ejemplo, que un futbolista del Athletic se pondría innoblemente en gayumbos sobre el césped para celebrar, eufórico, el pase a unas semifinales. ¡Si Isaac Oceja o Telmo Zarra levantaran la cabeza!
Esta firmeza en el empeño -esta sinceridad, también podría decirse- ha sido básica para acceder a la antesala de la final de Copa por quinta vez desde 1985. De la misma manera, y vista la jugada desde el lado contrario, la falta de una verdadera apuesta colectiva por la Copa ha sido la causante de la mayoría de los fracasos que se han cosechado en el torneo del k.o. durante este último cuarto de siglo. Son muchos los aficionados que se hacen esta pregunta: ¿Qué ha ocurrido para que el viejo rey de Copas haya sido incapaz no ya de volver a ganar una competición que, desde su último título el año del doblete, han ganado equipos como el Zaragoza (4 veces), el Espanyol (2), la Real, el Mallorca o el Betis, sino ni siquiera llegar a una final, algo que han logrado Osasuna, Celta, Recreativo o Valladolid?
Colección de disgustos
La respuesta es fácil: ha faltado convicción y, salvo dos o tres temporadas en las que los serios apuros clasificatorios obligaron a centrar los esfuerzos en la Liga, se ha hecho una lectura equivocada de los objetivos. La Copa ha sido la hermana pobre cuando es el único título al que, hoy por hoy, pueden aspirar los rojiblancos. Por mucho que a los sucesivos entrenadores del Athletic se les llenara la boca cada verano asegurando que era su prioridad, más de uno y más de dos han utilizado la competición como banco de pruebas para experimentos tácticos o como balneario para oxigenar a la plantilla pensando en el siguiente partido de Liga.
Un repaso a la trayectoria del Athletic desde su última final resulta de lo más ilustrativo. En las temporadas 1985-86 y 1986-87, aprovechando el rebufo de las glorias recientes, el equipo alcanzó las semifinales, en las que cayó ante el Barcelona y la Real Sociedad, que ese año ganaría su primera y única Copa. A partir de entonces comenzó el declive. Howard Kendall no pasó de los octavos en las tres Copas que dirigió al Athletic. En la primera, el verdugo fue el Castilla de Vicente del Bosque. En la segunda, la puntilla la dio el Valladolid. Y en la tercera, el Barça, que ya empezaba apuntalar su Dream Team. Al año siguiente, con la eliminación, también en octavos, a manos del Cádiz -dos goles de Dertycia en San Mamés tumbaron al equipo de Clemente-, la gente comenzó a impacientarse. ¿Qué pasaba con la Copa? La pregunta se hizo más intensa al cabo de un año, cuando Futre guillotinó a los rojiblancos en 'La Catedral'.
El espejismo
Llegó entonces Jupp Heynckes, que no pudo debutar peor en la Copa. El alemán se llevó a Jerez un equipo plagado de suplentes -jugaron Goio, Asier, Lambea, Txutxi, Uribarrena, Rípodas y Luke- y perdió 1-0. En el partido de vuelta, el Athletic fue incapaz de marcar. Esa eliminación extendió entre la afición un sentimiento de profundo malestar que no se supo erradicar en los años siguientes. Zaragoza, Deportivo, Mallorca, Racing en dos ocasiones y Rayo Vallecano segaron la ilusión de la hinchada rojiblanca por la Copa, sobre la que pareció caer una maldición. No había forma de hacer algo bonito. Se hacían muchas promesas, pero cuando llegaba el momento, el equipo no rendía. Cada eliminación tenía un guión distinto a la anterior, pero todas se parecían en algo: al Athletic le faltaba creer en sí mismo, volcarse de verdad, hasta el tuétano, en la competición.
El regreso de Heynckes en 2002 pareció cambiar la inercia. El equipo alcanzó las semifinales y cayó dignamente ante el Real Madrid. Fue un espejismo. Al cabo de un año, los mismos jugadores protagonizaron una pifia histórica ante el Real Unión en el Stadium Gal. Lejos de reparar esa afrenta, el sucesor del técnico alemán, Ernesto Valverde, repitió fiasco en su estreno copero cayendo a las primeras de cambio ante la Gimnástica de Torrelavega. De ahí en adelante, todo está muy reciente: la herida de la semifinal perdida injustamente ante el Betis en la tanda de penaltis, la lamentable eliminación en Son Moix, donde Sarriugarte dejó fuera del once inicial a Iraola, Urzaiz y Yeste, el repaso del Real Madrid y el nuevo gancho al hígado del Racing, nuestra bestia negra copera, el año pasado.
¿Daremos por fin el último paso este año? El objetivo es muy difícil. El Athletic es todavía un bloque que no se sabe por dónde va a salir en cada partido y el rival es un tanque acorazado con más recursos que el capitán Sparrow. Ahora bien, hay algo que ya no se le podrá reprochar a este equipo ni, desde luego, a Joaquín Caparrós, que siempre ha tenido muy claro el objetivo. Se ha tachado la fecha del 13 de mayo desde que se conoció que ese día se jugaría la final y se ha alimentado la ilusión de todos con decisiones revolucionarias -reservar a los titulares para la Copa y dejarles descansar en Liga, como se hizo frente al Almería y como quizá debió hacerse también ayer (el miércoles se verá)- que tendrían que haberse tomado muchos años antes. Y es que sólo así se puede soñar con algo grande.
Todo la información de la final de la copa del rey: ATHLETIC - BARÇA
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