
Misión cumplida. El Athletic alcanzó ayer en Gijón la antesala de la final de Copa, su gran objetivo de la temporada. Ya sólo queda el último esfuerzo, el más difícil de todos, ante el Valencia o el Sevilla -esta noche se sabrá-, para que el equipo rojiblanco recupere, después de 24 años añorándola, su tradición más preciada, ésa que le llevaba a disputar casi cada temporada el título del torneo del k.o. El triunfo del Athletic, con goles de sus dos interiores, Gabilondo y David López, fue inapelable. Pese al despiste inicial que les hizo encajar el 1-0 a los 27 segundos, los leones no se vinieron abajo y acabaron aprovechando la flagrante debilidad defensiva de los asturianos. Ahí estuvo la clave, como era de esperar. Tienen mucho mérito Manolo Preciado y el Sporting, cuya idea del fútbol es más alta que su estatura como equipo, pero la vida se acaba haciendo muy dura e ingrata cuando se encajan goles con tanta facilidad. El Athletic, que vivió una situación parecida hace muy poco, puede dar fe de ello.
Siempre tienen algo extraño los partidos en los que, por azares del juego, el 0-0 inicial apenas dura un puñado de segundos. La impresión que dejan los goles relámpagos es que todo salta por los aires: las tácticas de los técnicos, bien pulidas durante toda la semana, la actitud de los jugadores, el temperamento de los aficionados... Así ocurrió ayer noche en El Molinón, que volvió a ser un campo talismán para el Athletic. Para sorpresa de todos, el equipo de Caparrós se pegó un tiro en el pie en la primera jugada del partido, en la que fallaron, por partida triple, primero Aitor Ocio con un mal pase, luego Iraola con una peligrosa pérdida de balón y por último Gorka Iraizoz, que pudo hacer mucho más en el disparo de Carmelo. Pero así es el fútbol. Tantos desvelos, tantas prevenciones, preparaciones y elucubraciones, tanto estudio minucioso de las singularidades (y las pluralidades) del rival para luego pifiarla antes de dar las buenas noches.
Arenas movedizas
El gol del Sporting dibujó un partido con mucho oleaje, de idas y venidas, que tuvo su punto de correcalles durante toda la primera mitad. David López desperdició una ocasión clamorosa para empatar en el minuto 2 y el Athletic entró en un terreno peligroso, de arenas muy movedizas. Caparrós se agitaba inquieto. Natural. Convertido en un toma y daca, el temor a que el indómito Sporting hiciera el 2-0 antes que el Athletic el 1-1 pesaba en el ánimo de todos los rojiblancos, ayer de azul. Y no es de extrañar. En el campo podía pasar cualquier cosa, más que nada porque, en esa primera parte, los dos equipos compartieron un mismo defecto: se dejaron llevar por el desenfreno y defendieron fatal. Los bilbaínos sufrieron mucho, sobre todo por el costado izquierdo de su retaguardia, y los gijoneses penaron de lo lindo en cada balón por alto, en cada peinada de Llorente y en todas y cada una de las jugadas a balón parado. En una de ellas, Amorebieta estuvo a punto de lograr el empate. Lo impidió Carmelo, el mismo jugador que había abierto el marcador, despejando el balón sobre la raya.
Por fortuna, fue el Sporting el que se llevó la peor parte en esa ruleta rusa. El gol de vaselina de Gabilondo en el minuto 41, al que contribuyó Sergio Sánchez con una mala salida, dejó muy tocados a los muchachos de Preciado. El Athletic olió la sangre y actuó como debía: sin piedad. Muy concentrados, tirando de oficio y con la seriedad que reclamaba el partido más importante de la temporada -lo será hasta el próximo miércoles-, los pupilos de Caparrós salieron pitando en la reanudación y apenas tardaron cinco minutos en sacar el billete para las semifinales. Orbaiz, que volvió a firmar un partido impecable, se adornó en una suerte poco habitual en él, un centro con rosca desde la banda. La defensa del Sporting estaba en Babia, un territorio vecino por el que tiene bastante querencia, y David López remató de cabeza en carrera sin ninguna oposición.
Sin contratiempos
La eliminatoria se decidió en esa jugada. El segundo gol hundió al Sporting, que continuó bregando hasta el final por la inercia que da el orgullo, pero sin la lucidez necesaria para sorprender a la defensa del Athletic, mucho más firme, compacta y expeditiva en esa segunda mitad. En realidad, lo más normal hubiera sido que los rojiblancos hicieran el tercero. Lo tuvo Orbaiz, cuyo disparo desvió fuera Llorente, y lo tuvo Fran Yeste, al que Caparrós sacó en la segunda parte, en un magnífico libre directo que se estrelló en el poste. Pero no hay que lamentarse. Todo lo contrario. El 1-2 sobraba para cumplir el objetivo con el que se viajó a Gijón, que no es otro que poder seguir soñando, tan felices como lo estaban los jugadores al final del partido. Ahí es nada.
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