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27 de enero de 2009
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Ensayo y desmesura
MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN.-

H ubo algo de gesto exagerado en el modo con que terminó la buena racha del Athletic. El Athletic, como dijo Etxeberria, es un equipo de desgaste y daba señales de cansancio. Todos comprendimos que Caparrós debía hacer cambios, pero seguramente no habrá tanta unanimidad en que fueran tan numerosos, y algunos tan llamativos. Valoramos muy favorablemente que el entrenador saliera a disputar la Copa desde la primera eliminatoria con los jugadores que estuvieran más en forma, incluyendo una de las piezas básicas de cualquier equipo, el portero. Un extraño sentido de la compensación, un abuso de la democracia, en un juego que no puede ser democrático sino que es aristocrático, donde la solidaridad con el grupo consiste precisamente en poner a los mejores, estableció en los últimos tiempos que fuera el portero suplente quien jugara la Copa. Los equipos, también el Athletic, se apuntaron a esa moda de premiar, por serlo, al portero suplente. A esa pintoresca costumbre le debemos tan sólo un efecto benéfico, el descubrimiento de Gorka Iraizoz. A mí siempre me pareció una bienintencionada tontería. Si el fútbol fuera un asunto de camaradería democrática, no habría titulares y suplentes, podrían establecerse turnos entre los futbolistas para jugar los partidos, y entre los equipos para repartirse los campeonatos.

El equipo sufrió demasiados cambios en Almería. Fue un ensayo pretendidamente valiente pero en realidad muy conservador, un ensayo de riesgo equívoco: si perdemos se podía esperar y si ganamos soy un genio. Por eso no sería bueno que sacáramos conclusiones respecto de la capacidad de los teóricos suplentes para dar relevos. Una cosa es incorporarse a un equipo equilibrado, y otra pretender que una suma de individualidades, incorporadas todas a la vez, sean repentina y milagrosamente un equipo equilibrado. La posición de Balenziaga como lateral derecho, por ejemplo, fue una ocurrencia extravagante, máxime cuando se trata de un futbolista que ha perdido recientemente la titularidad. Los zurdos tienen, como todo el mundo sabe, una relación distinta con el espacio. Basta con ver el volumen de aire que desplaza un zurdo en el frontón, o el modo en que coloca Obama el folio cuando firma. A cambio, están capacitados para optimizar determinados ángulos que nunca se les ocurriría explorar a los derechos o ambidiestros. Un zurdo lo es incluso despejando de cabeza, como se vio en el despeje defectuoso de Balenziaga tras el que llega el primer gol. Su desvalimiento espacial fue notorio en la banda derecha, especialmente cuando tenía el balón en su poder y parecía preguntarse un instante cuál era el camino a tomar. No estoy culpando a Balenziaga, todo lo contrario, lo que intento es eximirlo, que no se sienta culpable de nada, que un experimento temerario no le haga dudar de sus posibilidades. En ese sentido, no deberíamos seguramente sacar de contexto las desafortunadas actuaciones de varios de los jugadores del Athletic, que no jugaron a gusto, padecieron cierta sensación de orfandad, como si nunca hubieran tenido fe en que con esa improvisada composición táctica pudiera llegarse a nada. Lo mejor de la tarde, junto con algunas paradas de Gorka Iraizoz, fue la notable actuación de Joseba del Olmo, que metió un gol, remató en otra ocasión con fuerza y dirección, y entró en una tercera por la banda derecha, hasta la línea de fondo, para centrar hacia atrás con peligro. Esos tres destellos de potencia y de clase en un partido tan opaco deberían abrir la expectativa de nuevas oportunidades.

Caparrós había conseguido equilibrar al fin el equipo. El equilibrio, esa armonía de fuerzas diversas, requiere para su conservación movimientos delicados, gestos tenues, variaciones compensadas. El equilibrio se resiente con la desmesura. Rotar no es cambiarlo todo. Sería una contradicción demasiado flagrante que una maquinaria que ha costado tanto ensamblar rindiera parecido tras cambiar, de golpe, la mayor parte de sus piezas. Está bien dar descanso a los futbolistas más fatigados, pero no parece una buena idea que descansen todos a la vez. Mejor por turnos. Ahora bien, si en muchas temporadas anteriores lamentamos que los entrenadores no se tomaran en serio la Copa, habrá que celebrar que Caparrós la considere prioritaria, aunque en el subrayado se le fuera un poco la mano. Lo daríamos por bien empleado si hubiera servido de lección y, sobre todo, si el equipo, más descansado, se metiera en semifinales.

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