
Habrá que confiar en que El Molinón siempre ha sido un campo propicio para el Athletic. Es lo que queda tras el 0-0 de ayer en San Mamés, un resultado que deja las espadas en todo lo alto y que, tal y como transcurrió el partido, fue casi lo mejor que les pudo pasar a los rojiblancos, a los que el pase a las semifinales de Copa se les ha puesto más caro de lo que se suponía. Y no es que el Sporting no infundiera el debido respeto. Para nada. Lo que ocurría es que era inevitable ilusionarse con que el Athletic mantuviera la inercia de las últimas semanas. Se trataba de eso y fue eso, precisamente, lo que no se logró. Sin la frescura de otras tardes, la tropa de Caparrós mostró ayer su perfil menos atractivo ante un rival muy bien cosido que, después de 22 partidos, vino a firmar en Bilbao su primer empate en toda la temporada. Ya es casualidad.
Lo cierto es que bastaron unos pocos minutos para percatarse de dos cuestiones, ambas negativas desde la perspectiva bilbaína. La primera era que el Sporting había venido a San Mamés con un plan bien concebido y dispuesto a amargar la noche al Athletic. Manolo Preciado no suele dar puntada sin hilo. Colocó a Michel y Camacho, dos futbolistas grandes y con mucho recorrido en el medio centro, y ordenó a Diego Castro y Omar que sellaran las bandas y buscaran las espaldas de Gabilondo y Susaeta. Por delante, Lora y Barral se encargarían de achuchar a la defensa del Athletic para dificultarle la salida de balón. Todo muy sencillo, en fin; tan sencillo como efectivo. Y es que el Athletic -y ésta es la segunda cuestión negativa- no tardó en enredarse en la madeja del Sporting. Los rojiblancos comenzaron muy pronto a diluirse y a sufrir para desencanto de la grada, que ya había imaginado un arranque visceral, a todo trapo, como correspondía a la importancia del partido; una ilusión quizá exagerada habida cuenta del desgaste sufrido ante el Valencia.
Lejos de protagonizar un abordaje, el Athletic se ofuscó desde las primeras maniobras. La imagen del equipo, sin profundidad por las bandas y muy pronto abocado al balonazo en busca de Llorente, recordó al de los peores momentos de la temporada. ¿Tendrían el día tonto? La pregunta mortificaba a los aficionados. Y la respuesta les noqueó. Pues sí. El equipo fue incapaz de ofrecer por segunda vez en cuatro días una lección de velocidad y determinación. Al Athletic le faltó aire y no hubo nadie que saliera a rescatarlo. Gabilondo y Susaeta, dos piezas básicas, naufragaron en todas sus acciones. No es extraño que Caparrós les sustituyera, a uno en el descanso y al otro a poco de comenzar la segunda parte.
Penalti más que dudoso
Ni siquiera el capote que echó Medina Cantalejo señalando un penalti más que dudoso a Llorente poco antes de la media hora sirvió de nada. El delantero riojano, que ya empieza a estar muy cargado, lo lanzó a la tribuna tras una paradiña cuya idoneidad resulta más que discutible. Es cierto que ante el Valencia acertó, pero tampoco en aquella ejecución le sirvió para lo que se supone debe servir esa argucia: engañar al portero. El caso es que el Athletic perdió una oportunidad inmejorable para un obtener una renta que hubiera dibujado otro partido. Y no sólo eso. El error de Llorente acabó de animar al Sporting, que fue muy superior en el último tramo de la primera mitad y dispuso de un par de ocasiones, una de Lora y otra de Barral, cuyo disparo a quemarropa pegó en Llorente cuando ya se colaba, para hacer el 0-1. Así las cosas, la grada respiró aliviada cuando el árbitro pitó el descanso.
En la reanudación, el partido se igualó. El Sporting siguió bien puesto, a lo suyo. Lo cierto es que tiene un equipo bonito Manolo Preciado. No es que le sobre nada, pero no le faltan futbolistas con talento y buen gusto por el balón, algunos de ellos jóvenes con un gran futuro como Diego Castro o José Ángel, un lateral izquierdo de 19 años con una pinta fenomenal. Si las arcas del Sporting estuvieran como para hacer un par de dispendios para la delantera, los asturianos podrían convertirse en un equipo temible. Todavía no lo son y, gracias a ello, el Athletic pudo mantener la portería a cero.
Otra cosa era imposible. El fútbol de los rojiblancos no dio para ello y tampoco en el banquillo pudieron encontrarse soluciones. No estaba Yeste, por ejemplo, y su ausencia se hizo difícil de entender. Una cosa es que Caparrós no quiera tocar lo que funciona, algo lógico, y otra que no utilice al de Basauri ni siquiera como recurso del que tirar en un momento dado. La impresión es que los propios jugadores del Athletic se acabaron convenciendo de que ayer no era su día y firmaron las tablas sin goles no con alegría sino con una cierta resignación.
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