
El brillo del éxito le alcanzó al inicio de su carrera. Con 18 años, Iñaki Tejada se ganó por derecho propio un pasaje en la gabarra con la que el Athletic festejó el doblete de la campaña 1983-84. Jugaba entonces en el juvenil rojiblanco, dirigido por Nico Estéfano. Aquellos muchachos se proclamaron campeones de España y el club, para homenajear a sus canteranos -el Bilbao Athletic había quedado subcampeón en Segunda A- les hizo un hueco en la nave de la fiesta.
Tejada admite tener recuerdos caóticos de aquella conmemoración. «Muchos íbamos bastante alegres de bebida. Aquello era un desmadre de euforia». La imagen que nunca se le olvidará es la de una multitud apretujada en las orillas de la ría, un millón según los cálculos de la época. «Miraras para donde miraras sólo veías gente». Toda Vizcaya estaba inmersa en el ajetreo y el bullicio.
Bilbaíno nacido en Rekalde 43 años atrás, Tejada jugó en el Iturrigorri antes de saltar a los alevines rojiblancos junto a dos chicos de su equipo, Edu Gallo y Luis Fernando. Era un centrocampista que compartía quinta con Ayukar, Patxi Ferreira y Andoni Ayarza (hoy colaborador de El Correo, Bilbovisión y Punto Radio Bilbao).
La sensación de poderío era tremenda. «Perdimos las perspectiva. Todos éramos campeones, el primer equipo, el segundo, que había acabado en plaza de ascenso a Primera, los juveniles... En aquellos tiempos mirábamos al Barcelona y al Madrid y pensábamos que eran mucho menos que nosotros».
Después de dos años en el Bilbao Athletic en Segunda A a la órdenes de José Ángel Iribar, se bajó bruscamente de la gabarra. Recibió la baja. «No daba el nivel para subir y además en mi puesto había gente de mucha calidad como Gallego, Luis Fernando y Ayukar», admite sincero. Destino: Sestao. En Segunda A con Jabo Irureta como entrenador. Su carrera de futbolista comenzó a cubrirse de nubarrones. Una grave lesión de rodilla le impidió debutar con la camiseta verdinegra. La cuesta abajo había llegado. Tras pasar por el Marbella, Hospitalet (entonces filial del Espanyol), Gandía y Lugo, colgó las botas a los 27 años.
El camino que le trajo a Gijón arrancó en Portugalete. «Me eché una novia en 'Portu' y resulta que era gijonesa», narra entre carcajadas. La primera idea fue afincarse en la ciudad asturiana un par de años en cuanto dejara el fútbol. Pero, por suerte para él, el plan se vino abajo.
Matriculado en la Escuela de Entrenadores de Asturias, obtuvo el número uno de su promoción. El Sporting le reclutó. En principio, para trabajar seis semanas en un campus de verano, pero finalmente se quedó. De esto hace doce años. Fue llegar y encontrarse con el catálogo completo de problemas que han aplastado a los asturianos durante una década.
La campaña 1996-97, la de su llegada, se produjo el brutal descenso. Trece puntos y sólo dos triunfos. Lo peor no fue bajar. Lo peor de todo fue el tremendo error de cálculo que se produjo a continuación. «La sensación que se instaló es que era algo pasajero, que un año en Segunda, y de nuevo a Primera». Todo siguió igual. «Nadie fue capaz de poner tope al gasto». Los mismos sueldos de Primera, los mismos hoteles de lujo, los viajes en avión a todos los sitios. Consecuencia, «que la deuda con la que bajamos, que ya era importante, fue engordando año a año. A la quinta temporada, la situación era ya insostenible».
En 2002 pasa a ser segundo entrenador. El Sporting se hunde y comienzan los despidos. Cada vez quedan menos técnicos en Mareo, instalación que debe ser comprada por el Ayuntamiento para evitar que los deudores la conviertan en un solar a edificar.
«No había un duro»
En medio del desplome, quienes sobreviven deben tapar todos lo agujeros que pueden. Eloy Olaya, mítico jugador del Sporting y Valencia y entonces secretario técnico, le pide un esfuerzo sobrehumano, ser a la vez coordinador del fútbol base, entrenador del juvenil y ayudante de Marcelino, que acaba de fichar como técnico del filial, en Tercera. «Me dijo que no le quedaba otro remedio, que no tenía dinero para contratar a nadie». Tejada pide desligarse del juvenil y comienza su carrera como ayudante. Un año después, Marcelino y él ya están en el primer equipo.
En 2005, ya con Ciriaco en el banquillo, se toca fondo. «No había un duro para nada. La plantilla salió a la competición con sólo 16 fichas profesionales. El resto, se completó con chicos del filial». Los tres millones recaudados por el traspaso de Villa al Zaragoza sólo sirvieron para aliviar a algunos acreedores.
El avión era ya algo inalcanzable. Comienzan los pesados viajes en autobús. A Tejada se le alumbra la cara cuando recuerda cómo descubrieron un sistema para ahorrarse dinero en desplazamientos. Si había que jugar en El Ejido (Almería), por ejemplo, a 1.028 kilómetros de distancia, el equipo salía la víspera a las diez de la noche de El Molinón. Diez horas de tirón en autobús, un leve entrenamiento en la ciudad andaluza, una reserva de hotel para comer y descansar, y a jugar. En cuanto concluía el partido, de vuelta para el Principado. Así, más de 10.000 kilómetros por campaña. «Lo importante en esos momentos era no gastar». Tres años atrás, con Ciriaco, estuvo a punto de llegar el final de la pesadilla. El Sporting luchó por el ascenso hasta que, a falta de tres jornadas, un empate en Eibar le dejó sin opciones. «Nos pudo la presión. El asunto de debate en la ciudad en aquellos momentos era en qué fuente se iba a celebrar el regreso a Primera».
La pesadilla llega a su final el pasado curso, ya con Manolo Preciado en el banquillo. «El ascenso fue más una liberación que una alegría. Para nosotros era una obligación subir. Se nos había escapado un año y el club no hubiera soportado otro fracaso, porque en los planes de la ley concursal se marcaba que el regreso a Primera era la única forma de conseguir la supervivencia del club».
Tejada, que aspira a ser un día primer entrenador, regresa mañana a San Mamés. Hermanos, cuñados y sobrinos suyos estarán en las gradas. No se sentirá un intruso. Ya jugó en este campo como juvenil y con el Bilbao Athletic, pero hará todo lo posible para que nadie se monte este año en la gabarra rojiblanca.
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