
El fútbol bautizó a Unai Emery Etxegoien un 3 noviembre de 1971 en Hondarribia y, desde entonces, son inseparables. En su casa había balones por todas partes. Los que le regalaba su abuelo 'Pajarito', legendario portero del glorioso Real Unión de Irún de las décadas de los 20 y 30, y los que usaba para jugar horas y horas con su padre, también guardameta profesional en el Sporting, Deportivo, Recreativo, Jaén y Granada. Partidos en el pasillo y al aire libre. Con la familia y con los amigos. Con esos antecedentes en su hogar, el destino no tuvo que hacer esfuerzos para que el actual técnico del Valencia mantuviera viva la saga. Eso sí, los guantes los dejó en un cajón. A él le gustaba más el centro del campo. El club del pueblo se fijó pronto en aquel zurdo fino ya entregado al fútbol. También los ojeadores de la Real Sociedad, donde creció como jugador hasta que en la temporada 1995-96 debutó con el primer equipo. Sólo disputó cinco partidos.
Tenía talento, pero siempre le faltó algo para consolidarse en Primera. Quizás la fuerza física. Lo que le diferenciaba de sus compañeros era que los encuentros del hondarribitarra no sólo duraban 90 minutos. Cuando el árbitro pitaba el final, él rebobinaba ya en la ducha los principales lances del choque y los analizaba después con minuciosidad enfermiza. Aciertos y errores, disposición táctica del rival, marcajes, desajustes...
Su cabeza se convertía en una pizarra en la que dibujaba otra vez el choque paso a paso para desmenuzarlo. Ayudado por una retentiva privilegiada, memorizó esquemas, sintetizó sistemas de ataque y de defensa y aprendió poco a poco los entresijos de lo que años después sería su oficio. Había nacido un técnico en potencia que, antes de colgar las botas, se buscó la vida como futbolista modesto y errante en terrenos de juego de Toledo, Ferrol, Leganés y Lorca.
Fue durante su estancia en Galicia cuando el guipuzcoano comprendió que su futuro podía estar en los banquillos, pero como preparador. Estudió para sacarse el carné nacional de entrenador y su primera oportunidad para dirigir un equipo llegó hace seis años, cuando los dirigentes del Lorca, club en el que militaba entonces, le piden que no se vista más de corto -una de sus rodillas estaba maltrecha- e intente enderezar como técnico el rumbo de un conjunto que había perdido el norte. Si como jugador no dejaba de pensar en dibujos tácticos, como técnico se convirtió en una obsesión. Los resultados le avalaron y un novato Unai Emery ascendió a los murcianos a Segunda meses después de coger las riendas de la plantilla. Las claves: fútbol de ataque, motivación, compromiso y exigencia en grado sumo. «La esencia del fútbol es el juego, y el juego es espectáculo», defiende.
El caso es que su fichaje de urgencia le abrió definitivamente las puertas a una profesión que, al menos de momento, sólo le ha deparado satisfacciones. Subió al Almería a Primera tras 26 años de ausencia en la máxima categoría y, en una carrera meteórica -«el fútbol es un tren de alta velocidad»-, ha recalado ahora en Valencia. Es, sin duda, un gran salto, un punto de inflexión. En el club de Mestalla no basta con jugar bonito, sino que los resultados mandan. Su afición es de las que no perdonan y la clasificación para la 'Champions' es, simplemente, una obligación. Acostumbrado a bregar con plantillas modestas, Emery se ha encontrado con un vestuario con el ego por las nubes y con tres campeones de Europa -Villa, Silva y Marchena-. «Había falta de unión y había que cerrar cicatrices», ha admitido el guipuzcoano, que a la hora de diseñar una temporada no se casa con nadie.
Baja a Iván Helguera
Que se lo digan al alemán Timo Hildebrand, al que dio de baja a pesar de lo que costó, y a Iván Helguera, que ha pagado recientemente con el paro su dificultad para «llegar a la barrera de la exigencia», como ha asegurado el técnico a 'Don Balón'. Su aterrizaje en territorio 'ché' estuvo plagado de dificultades, acrecentadas por los ecos de la convulsión que había caracterizado la aventura de Ronald Koeman.
El día que iba a conocer a sus futbolistas, el de Hondarribia se desayunó con una portada que informaba de un acuerdo firmado entre Juan Villalonga, entonces máximo gestor del club, y Luis Aragonés para que el de Hortaleza se hiciera cargo del Valencia. La primera en la frente. Además, Villa y Silva, dos de los baluartes del equipo, estaban en el mercado a expensas del mejor postor y la crisis institucional se había convertido en un culebrón con diferentes actores.
Como primera medida de urgencia, fabricó una coraza para proteger al equipo de los devaneos de los dirigentes. Después, definió a los futbolistas su papel sin tapujos: al margen de sus cualidades técnicas, les exigió que sean serios, sensatos, comprometidos y muy profesionales. Les pidió, nada más y nada menos, que sean como él.
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