
Al Athletic, que tumbó a Osasuna con dos crochets en poco más de un cuarto de hora, ya le espera en cuartos el Sporting, el siguiente escollo en esta aventura de la Copa en la que los rojiblancos se han embarcado esta temporada con la ilusión y la sinceridad que ha faltado durante años. La verdad es que se agradece esta voluntad de reverdecer viejos laureles, este afán de gloria cuya primera consecuencia es alinear el once de gala en los octavos de final, algo que no sucedía en mucho tiempo.
Lo hizo ayer Joaquín Caparrós y hay que agradecérselo. No está nada mal que se termine de una vez con lo que ha sido una absurda impostura, esa que nos llevaba a llenarnos la boca hablando de nuestras esperanzas coperas y nuestra responsabilidad histórica en el torneo del k.o. para luego dedicar la competición a hacer experimentos que acababan arruinando la temporada.
El pase a cuartos se selló sin mayores sufrimientos. Pudo haberlos si Portillo hubiese transformado el penalti que le paró Iraizoz pasada la hora de partido, pero el delantero rojillo tuvo el día negado. No sólo fue incapaz de colocar en el marcador desde los once metros un 2-1 que hubiera sido más que inquietante, sino que contribuyó sin querer a que tampoco lo hiciera su compañero Delporte al desviarle poco después un chutazo desde fuera del área. Como Osasuna tampoco hizo mucho más -esas dos ocasiones y un cabezazo fuera de Josetxo fueron todo bagaje ofensivo- la parroquia rojiblanca pudo vivir una tarde bastante plácida, lo que siempre se agradece.
El partido salió redondo desde el comienzo. Si el guión se lo hubieran dejado escribir a Joaquín Caparrós, al menos en los primeros minutos hubiera sido idéntico a lo que se vio en San Mamés. Un golazo en el arranque para abrir boca y aclarar el panorama y un segundo, pasado el cuarto de hora, para dejar casi en regla el pasaporte para la siguiente ronda. Y todo ello con un juego serio, marcando las distancias frente a un rival que vino a Bilbao con la tropa de suplentes y sin el estímulo suficiente como para plantear batalla. De ahí quizá el comienzo de partido de los navarros, blando y despistado, que les acabó condenando ante un Athletic que hizo justo lo contrario, como era su obligación. Salieron pitando los rojiblancos, con las revoluciones muy altas, y encontraron su premio por la vía rápida. Dos ocasiones y dos goles, el primero de Gabilondo con un zurdazo exquisito y el segundo de Ion Vélez con bastante fortuna.
El Athletic dejó buenas sensaciones, sobre todo en la primera mitad, ya que la segunda se dejó a beneficio de inventario, quizá de una forma un poco arriesgada, y Osasuna pudo asomar la cabeza y acercarse a Iraizoz. Parece claro que el equipo de Joaquín Caparrós se está encontrando a sí mismo tras meses con problemas para reconocerse en el espejo. Está visto que no hay nada como una buena racha de resultados para que un equipo gane en confianza y solidez y para que sus integrantes se vayan activando uno tras otro por contagio, por simpatía. Es el caso de Gabilondo, un futbolista de talento al que su alma intermitente le ha ido sacando poco a poco del once titular. Ayer tuvo su oportunidad y el donostiarra la aprovechó con una actuación magnífica. Y no sólo por su golazo en el minuto cuatro y por los dos disparos que se le fueron altos por poco, sino por su actitud. ¡Hasta se permitió un par de carreras furiosas presionando al portero y al lateral, de esas que tanto gusta al público!
Koikili, a un gran nivel
Lo dicho de Gabilondo sirve también para Koikili, que volvió a poner de manifiesto su determinación por ganarse un puesto que parecía tener perdido en favor de Balenziaga. El lateral de Otxandio mantuvo el magnífico nivel que mostró en el Vicente Calderón, tanto en defensa como en ataque. Estuvo firme y desquició a Masoud, al que Fernández Borbalán perdóno la expulsión al menos en dos ocasiones, vaya usted a saber por qué. Lo cierto es que habla muy bien de la profesionalidad de Koikili el estupendo estado de forma en el que ha salido de la catacumba.
El Athletic, en fin, sigue subiendo peldaños, ganando en competitividad, cogiendo cuerpo, mentalizándose de sus posibilidades, que van mucho más allá del fútbol vulgar, de palo y tentetieso, que se le ha visto durante gran parte de la temporada. La defensa está cada día más asentada y, en el centro del campo, aparte de la profundidad que están adquiriendo las bandas y el trabajo a destajo de Javi Martínez, la presencia de Orbaiz comienza a lucir como debe. Si a ello se une Llorente, escoltado por un tiramillas como Ion Vélez, hay que concluir que ilusionarse ha dejado de ser una temeridad.
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