L os jugadores del Athletic han tenido que escuchar cosas muy fuertes en las últimas temporadas. Es lo normal en este negocio. Cuando uno no sólo defrauda sino que mete el miedo en el cuerpo a sus aficionados -y mira que los rojiblancos han defraudado y atemorizado a su fiel hinchada-, ya sabe cuáles son las consecuencias: le van a llamar de todo menos bonito. Son gajes del oficio.
Una de las críticas más habituales que oyen los futbolistas cuando son puestos en la picota es la de ser unos maulas, unos zánganos que no sudan la camiseta por cuya defensa cobran millonadas. Es la vieja acusación de la falta de actitud, quizá la más grave que puede escuchar un profesional. Al fin y al cabo, cuando la carencia es sólo de aptitud nunca falta un cierto grado de comprensión piadosa. Aunque sea haciendo un gran esfuerzo, al tarugo tuercebotas se le acaba perdonando porque todo el mundo sabe que la naturaleza es caprichosa repartiendo sus dones. El vago, en cambio, no tiene perdón de Dios.
Viene esto a cuento de la inmejorable actitud que se le está observando al Athletic a lo largo de toda la temporada. En esto no puede haber queja. O mejor dicho: puede haberla, porque en el fútbol hay de todo, pero sería injusta. Que el juego del equipo esté siendo muy poca cosa en líneas generales y que la situación clasificatoria, pese al subidón que ha supuesto esta última buena racha de resultados, tampoco sea como para echar cohetes -6 victorias en 18 partidos no son buenos números por mucho que en este club se haya rebajado tanto el listón de la exigencia-, nada tiene que ver con el compromiso y la entrega, ambos impecables, que están mostrando los rojiblancos.
En el Vicente Calderón, sin ir más lejos, dieron una lección en este sentido. Su comportamiento fue magnífico, pero no mejor que otros días. En realidad, vino a ser el mismo. Si llamó más la atención fue por la entidad del escenario y por la diferencia entre la actitud del Athletic y la que mostraron los jugadores del Atlético, un equipo siempre entre el cielo y el infierno, entre el pedestal y la alcantarilla. El contraste fue enorme. Todo lo que en el Athletic fue solidaridad, firmeza y espíritu de sacrificio fue escaqueo, fragilidad y gandulería en el conjunto colchonero. No es extraño que Caparrós saliera más contento que unas castañuelas por la respuesta de sus muchachos y que Javier Aguirre sintiera una sana envidia de su colega.
Las cosas como son: el Athletic es, hoy por hoy, uno de los equipos más agradecidos con los que se puede encontrar un entrenador. Desde luego que hay otros con mucho más talento, pero se pueden contar con los dedos de una mano los que acaten las órdenes con más diligencia y los que den el callo con mayor intensidad. Se diría que, durante el bienio negro, los rojiblancos -la inmensa mayoría de ellos, porque en esto siempre hay alguna excepción que lamentar- vieron las orejas al lobo y se juraron no volver a jugar con ningún tipo de fuego. Y menos con el de la indolencia. El resultado es un equipo currante de verdad.
No es cuestión de quitar méritos a Joaquín Caparrós, que esta vez hizo un planteamiento irreprochable, pero sólo el esfuerzo descomunal de sus pupilos -pensemos en el despliegue brutal de Ion Vélez o Javi Martínez, por ejemplo- hizo efectiva la presión adelantada que ordenó en el Manzanares para desactivar a los madrileños. En fin, que ya sólo falta que el de Utrera no se limite a lo fácil -exprimir hasta la última gota la buena voluntad y el físico de sus jugadores- y proponga algo sugestivo con el balón para que al Athletic dé gusto verlo.
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