Eequilibrio es la armonía entre cosas diversas. El Athetic fue el domingo un equipo equilibrado. Rompió el juego del rival hasta desquiciarlo, una y otra vez, pero no como fin en sí mismo, para alejar el balón o para que el tiempo pasara, sino para salir de inmediato en contragolpes rápidos e ingeniosos. No rifó el balón ni una sola vez, siempre intentó jugarlo con sentido. Fue un equipo equilibrado desde el centro del campo, donde terminaban los intentos del rival para organizar su juego, como si el centro del campo del Athletic fuera una de aquellas rocas imantadas que atraían irremediablemente a los barcos, en las leyendas y los tebeos de nuestra infancia. Orbaiz y Martínez estuvieron espléndidos. Las cogieron todas.
Tal vez sea injusto destacar a uno, cuando el equipo entero estuvo magnífico, pero no me resisto a opinar que Martínez fue el mejor jugador sobre el campo. Daba gusto verlo, además, levantar con serenidad la cabeza, como hacía De Andrés, después de cada recuperación. Los balones terminaban en las botas de Orbaiz y Martínez, pero no sólo por el excelente trabajo de éstos sino porque los defensas y los centrocampistas del Atlético no pudieron jugar cómodos en una sola ocasión, presionados por nuestros puntas y nuestros jugadores de banda desde que salían de su área.
Los robos de balón fueron incontables. Y entonces Orbaiz y Martínez salían una y otra vez con el balón controlado, y siempre encontraban opciones, compañeros que se ofrecían, en corto y en largo, dos delanteros que se recuperaban del esfuerzo de la presión para trazar infatigables desmarques, cuatro jugadores que se alternaban para atacar y defender en las bandas, y esto sí que fue una novedad esperanzadora, bandas que esta vez estuvieron perfectamente equilibradas. Iraola y Susaeta constituyen ya una de las garantías de este equipo, pero lo noticia fue que Koikili y López hasta su lesión, y Gabilondo desde su incorporación, equilibraron el juego por la izquierda. Koikili seguramente le habrá creado a su entrenador uno de esos problemas que a todos los entrenadores les gusta tener. Con su magnífico partido se postuló como una opción convincente para el futuro. También en eso consiste el equilibrio de los equipos, en que los jugadores suplentes puedan en cualquier momento, con todas las garantías, dejar de serlo, sin que ninguno de los jugadores de la plantilla se sienta del todo titular, con el riesgo de volverse funcionario, o suplente, con la tentación de abandonarse y desistir.
No fue un partido de oleadas o impulsos, sino jugado con alta intensidad constante. El Athletic fue equilibrado porque armonizó cosas diversas como el entusiasmo y la serenidad, la defensa y el ataque, la entrega y el oficio, la potencia y la destreza, la sobriedad y la chispa, la recuperación y el contragolpe, la velocidad y el sentido, el cerebro y el corazón. Fue equilibrado por simétrico, la delantera con la defensa, una banda con la otra, y el centro del campo bombeando en todas las direcciones. Fue equilibrado porque se dedicó a jugar, a pesar de los lanzamientos intimidatorios de bolas de hielo sobre la portería de Iraizoz, que no sólo buscaban molestar y distraer al portero sino seguramente también, aunque siempre sea complicado adivinar las intenciones de los tontos, que el área pequeña se pusiera resbaladiza.
El equipo se dedicó a seguir jugando cuando el Atlético de Madrid fue transformando su frustración en brusquedades y agresiones. Mantuvo la serenidad y el estilo ante un equipo que se hartó de repartir leña por impotencia propia e incompetencia arbitral. Maniche se fue él solo a la ducha. Supo que debía irse aunque el partido se hubiera jugado sin árbitro. El pisotón del Kun Agüero a Javi Martínez, en el suelo, sin balón y con la jugada terminada, fue peor. Puede entenderse que un jugador se extralimite en una disputa, pero ese pisotón es algo mucho más triste. Ojalá se avergüence al verse por televisión. Son más tristes esas bajezas, si cabe, cuando proceden de buenos jugadores, quienes deberían ser especialmente ejemplares considerando el mayor seguimiento que reciben sus actos. Los jugadores del Athletic también en eso fueron equilibrados. No se metieron, salvo para cobrar, en esas peleas de pandilleros, siguieron a lo suyo sabiendo que es preferible sufrir la violencia y el juego sucio que practicarlos.
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