U na cosa es ser del Athletic y otra mirar los partidos con orejeras. Habría que nacer de nuevo, qué le vamos a hacer, para aceptar esa perspectiva. A veces nos da por envidiar a quienes ven el fútbol y la vida siempre en la misma dirección: la culpa es del árbitro, del rival, del resto del mundo que nos tiene ojeriza, de ciertos hechiceros enemigos nuestros. No es el caso. Casi les envidiamos a veces, a esos correligionarios futbolísticos, henchidos por la fe del carbonero, pero en realidad no les envidiamos, preferimos que nos iluminen, en la medida de lo posible, las luces, la razón, aunque no siempre nos sean favorables.
Para reclamar el penalti por aplastamiento sobre Llorente, por ejemplo, que lo fue, habríamos de olvidar el golpeo de Ocio, como de voleibol, con el antebrazo, o la magnífica llave de judo del mismo jugador, también dentro del área propia, marcando los tiempos perfectamente, sin que el árbitro se diera cuenta. Podemos recordar las pocas ocasiones que tuvimos, pero eso no nos hace olvidar las que tuvieron. Qué le vamos a hacer. Tenemos el don, o la mala suerte, de ver una cosa pero también las otras, de lamentar el empate en casa ante el Espanyol, que no fue el mejor resultado, pero de admitir que seguramente no merecimos otra cosa. Cuando las cosas se ponen complicadas, un empate no es tan malo, especialmente cuando viene precedido de una serie extraordinaria de resultados favorables. No vamos a ser tan incautos, a estas alturas, de suponer que vamos a ganar todos los partidos, ni siquiera todos los jugados en San Mamés.
El equipo fue más o menos el que suele ser. Me refiero a la alineación. Tal o cual reserva resulta, seguramente, reiterativa, como la de que Yeste no juega a gusto y, lo que es más importante, no juega bien, pegado a la banda. Lo hemos dicho muchas veces, pero son aún mucho más numerosos los partidos en los que se confirma que no se trata de una opinión sino de pura estadística. El entrenador, que es quien tiene la responsabilidad, no siempre se muestra conforme con el teorema, por más que esté sobradamente demostrado, hasta la saciedad, una vez tras otra. En realidad, más que un teorema es un mero axioma, de puro obvio e intuitivo. Yeste no tiene velocidad ni desborde, ni defiende su zona, y tiende a dirigirse hacia el centro. ¿Hacen falta más argumentos? Juega mejor en la media punta. Ante el Espanyol no centró bien salvo en una ocasión, precisamente a pierna cambiada, desde la banda derecha. El resto de los centros, incluidos lo córners, fueron decepcionantes. ¿Alguien podría explicar, por cierto, por qué el Athletic saca las faltas y los córners justo al revés del modo en que lo hacen los equipos importantes? Yeste se fue del campo murmurando. Parece que dijo «No tienes ni idea», refiriéndose con toda probabilidad al entrenador. Ya sé que es humano que los futbolistas se enfaden cuando son sustituidos, pero cualquier edad es buena para intentar ser humilde, si bien no todos los chicos jóvenes saben que la humildad es una virtud, y no una debilidad. Yeste no dio una a derechas en todo el partido y, aunque el entrenador pudo equivocarse en algún momento, no lo hizo al enviarlo a la ducha. Todos esperábamos de Yeste mucho más, no ante el Espanyol, sino durante toda su carrera. En un artículo lo comparé con Sarabia. Más que una constatación, era un alarde de fe. Debería haberle servido para intentar ser digno de un elogio semejante. Aún está a tiempo de intentar el parecido, o de echarse a dormir. Está en su voluntad y en su capacidad para ser humilde, más que en su pierna izquierda, dotada para llevarle más lejos de lo que hasta ahora ha llegado.
Con el modesto crédito de otros elogios en tiempos peores, me atrevo también a sugerir a Caparrós que resista la tentación de inventar todo el tiempo. Yo no sé si Toquero es, o no, un buen jugador. No sé si es para Primera y, sobre todo, si tiene sitio en el Athletic. Ojalá que lo tenga. Lo que no parece apropiado es encomendarle que levante un cero a uno en San Mamés, precisamente en el día de su debut. Suena demagógico. Se diría más adecuado esperar, para probarle, a un partido con el viento favor.
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