
El pasado 15 de marzo, a eso de las nueve y media de la noche, Carmelo Peña Rodríguez cometió el error de su vida. Hasta ese día y esa hora, Carmelo era un humilde albañil de cuarenta años que vivía en Mairena del Aljarafe (Sevilla) con su mujer y su hijo de cinco años. No era lo que se dice un hombre popular, aunque sus vecinos de urbanización sabían que era un hincha acérrimo del Betis. Él mismo se había encargado de anunciarlo a los cuatro vientos pintando su casa de verde y colgando del balcón banderas y banderines del club de sus amores. La popularidad, sin embargo, le llegó a este paleta sevillano de la peor manera posible: por la vía de una vergüenza pública a escala nacional. Una estupidez memorable le convirtió para siempre en 'Carmelo, el del botellazo'.
Han pasado nueve meses desde que este aficionado del Betis, encolerizado por la derrota que estaba cosechando su equipo ante el Athletic, alcanzó a Armando en toda la cara con una botella de agua; nueve meses largos desde que fue detenido en la misma grada y acabó pasando la noche en la cárcel, de la que salió al día siguiente tras abonar 3.000 euros de fianza, un pico que tuvo que pedir prestado a familiares y amigos. También el Betis acabó pagando cara la acción vandálica de aquel hincha de Mairena: le dieron el partido por perdido y el estadio Ruiz de Lopera, sobre el que pesaba el precedente de otro botellazo, el que recibió Juande Ramos, fue clausurado por dos partidos.
Carmelo Peña Rodríguez no es el mismo desde entonces. El error de su vida fue televisado y repetido hasta la saciedad. Pocas veces han registrado las cámaras con tanta exactitud una agresión de este tipo en un campo de fútbol. Durante varios días, media España se indignó con la imagen vergonzante de un señor grueso y de pelo largo, vestido con chándal, que bajaba las escaleras de una de las gradas de gol del Ruiz de Lopera y lanzaba la botella que se estrellaba contra Armando. Y media España se preguntó quién era aquel energúmeno al que se llevaban detenido, entre toñejas y empujones, mientras el portero del Athletic sangraba tirado sobre el césped.
Disculpas
Carmelo se arrepintió de inmediato de su acción y, a través de su abogado, Álvaro Pimentel, pidió disculpas a todo el mundo. También a través de su letrado, contestó a un cuestionario que le envió el diario 'Marca'. «No sé por qué lo hice. Me lo pregunto todas las noches. En la cama doy vueltas y vueltas y no me lo explico. Yo jamás pensé en darle a nadie. Cuando vi que le di se me vino el mundo encima. ¿Qué es lo que he hecho, Dios mío'? Eso es lo que dije. Me quedé paralizado», aseguró. En aquella misma entrevista exclusiva, Carmelo Peña reconoció que lo más duro fue explicarle a su hijo de cinco años lo que había hecho.
También fue duro el regreso a la realidad siendo un personaje, el malo de una película que habían visto millones de telespectadores. El mismo lunes, cuando regresó al tajo, Carmelo se encontró con la carta de despido. Buscó trabajo en otras obras de la comarca del Aljarafe y en todas le dieron largas. Se había corrido la voz. Es Carmelo, el del botellazo. Lo escuchaba en la calle, a veces en un tono de broma, otras de insulto. Se sintió acosado. Había periodistas y curiosos que merodeaban cerca de su casa. No tenían problema en identificarla. Era la única verde. Carmelo decidió pintarla de blanco y retirar las banderas y los banderines. Quería pasar desapercibido. Y quería un trabajo. Lo necesitaba. En casa vivían de su sueldo y de algunas horas que hacía su mujer como interina. Pero no ha tenido suerte. A falta de trabajo en las obras, ha tenido que buscarse la vida vendiendo fruta por las calles y recogiendo chatarra. Por supuesto, no ha podido volver al fútbol. «La verdad es que lo está pasando mal», reconocía ayer su abogado a EL CORREO.
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