
Los fracasos es mejor desandarlos. El Athletic recibía al modesto Numancia con la obligación de resarcirse de su penúltima trastada. Para reconciliarse con su impagable afición y con lo poco de lógica que le queda a este loco mundo del fútbol, recurrió a un arma infalible. Oscar Wilde afirmaba que siempre se debe jugar limpio cuando se tiene la mano ganadora. El as en la manga rojiblanca es siempre el mismo. Pero no falla. En la ruleta de la Liga hay que seguir jugando al nueve rojo. Y blanco. Rincón de Soto, un paraje riojano que presume de cosechar las mejores peras del país, puede estar orgulloso de su último fruto. Fernando Llorente brilla en este equipo como un turista adinerado en un país pobre. Tiene el mapa del tesoro y se ha puesto a cavar. Cada semana, una palada. O dos. Su importancia para el Athletic me recuerda a la teoría del valor marginal de John Keynes. El economista de Cambridge lo explicaba afirmando que una botella de agua no vale lo mismo en el desierto que al lado de una cascada. Llorente, para el Athletic, es agua bendita.
Vuelvo a Wilde cuando destilaba su clásica ironía para recordarnos que hay quien canoniza a sus héroes pero una mayoría prefiere vulgarizarlos. Llorente ya no tiene detractores. Los ha sepultado con goles decisivos. Las dos últimas victorias, y el agónico empate en Mallorca, llevan su firma. La posesión del territorio alrededor del cual orbita el nueve rojiblanco es sencillamente escandalosa. Cual Gulliver del balón, Llorente se ha transmutado en aquel gigante invencible al que Jonathan Swift convirtió en metáfora del papel que otorgaba a Gran Bretaña como potencia marítima mundial. A su lado, los defensas parecen liliputienses al borde de un ataque de nervios. «Me pareció ver un lindo gatito», debió decirles Juan Pablo a sus centrales al regresar a los vestuarios. Pero no era un gatito. Era un león. Fernando Llorente no es sólo un jugador influyente. Se ha vuelto determinante. ¿Dónde estaríamos sin la aportación del gigante tranquilo? Mejor ni pensarlo. Al Athletic de hoy le vale la definición con la que se conocía al de finales de los sesenta, cambiando al mítico Chopo por este roble rubio. Llorente y diez más. El único problema del bueno de Fernando es sencillamente irresoluble. Veamos. Es bueno. Tiene talento, condiciones, juventud y buena planta. Y encima es buen chaval. Y eso, en esta sociedad, no se perdona tan fácilmente. Paciencia.
Ahora se trata de que esta nueva reacción no sea flor de un día. Que la marmota no vuelva a asomarse por estos parajes. Las victorias ante Osasuna y Numancia no deben ser un fin sino un principio. Un hincha socarrón me decía ayer que hasta un reloj estropeado puede dar bien la hora dos veces al día. ¿Tiene este equipo cuerda para rato? Esa es la cuestión. Después de tantas decepciones, no es de extrañar que los forofogoitias sean escépticos. Es lo que ha sembrado este equipo con su errático deambular por esos campos de Dios. Eso sí, si yo fuera del Racing andaría con la mosca detrás de la oreja. Puede que no seamos el Brasil del 70. Pero, si las cosas se tuercen, siempre nos quedará la opción de llamar a nuestro primo, el de Zumosol.
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