Es imposible encontrar la razón por la que un equipo que juega bien lo hace rematadamente mal tras el descanso. Le volvió a suceder anoche al Athletic, que firmó unos excelentes primeros 45 minutos para disolverse en los segundos como un azucarillo de sobre. Fue una descomposición en toda regla, de las que hacen daño y dejan una sensación amarga. No por la derrota en sí misma -insisto en que, pese a quien pese, la verdadera Liga de los rojiblancos empieza el próximo domingo-, sino por los alarmantes síntomas de desazón e impotencia de un grupo que no termina de encontrarse a sí mismo y se hunde en un suspiro.
El problema es que las películas de los partidos empiezan a parecerse cada vez más, como esas sagas cinematográficas en las que siempre aparecen los mismos personajes y uno acaba por identificarse con ellos. Salvo excepciones, según los críticos del séptimo arte, las segundas partes nunca fueron buenas. En el caso del Athletic son pésimas, y es complicado ganar un encuentro cuando te vas de él tanto tiempo. Es como si sus futbolistas fueran a la vez Dr. Jekyll y Mr.Hyde, como si tuvieran un resorte oculto que les hace pasar de la virtud a la vulgaridad con un chasquido.
¿Es una cuestión de mentalidad? ¿Es un problema físico? ¿Los jugadores no entienden a Joaquín Caparrós? Hay que detectar de una vez por todas los síntomas de la enfermedad para intentar ponerle remedio. Pero hay que hacerlo con criterio y con mesura. Nada de irse a un extremo para tratar de encontrar soluciones populistas que acallen las críticas por unos días y mantengan los problemas reales encima de la mesa y sobre el campo. No es momento de dramas innecesarios y aspavientos inútiles, sino de encarar la situación, que empieza a ser muy grave, y tratar de ponerle solución.
Salvo milagro, a los aficionados rojiblancos les espera una nueva campaña de sufrimiento y duermevelas, de apoyo incondicional al equipo a pesar de los disgustos, de nervios desquiciantes... Nada nuevo bajo el sol. Toca reflexionar y convencerse de que nada está perdido. Pero algo habrá que hacer, porque nadie regala nada.
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