
Vaticinó Joaquín Caparrós que el partido del Santiago Bernabéu iba a marcar un antes y un después para el Athletic. Esa era, desde luego, la esperanza de la afición rojiblanca. Pues bien, habrá que seguir esperando ese punto de inflexión que pronosticaba el técnico de Utrera. Y es que el Athletic continúa en el antes. En las sombras. Y no sólo eso. Hundido en la tabla, en una situación muy similar a la que en su día costó el despido fulminante a José Luis Mendilibar, el añorado después se ve bastante lejano tras la goleada que encajaron ayer los rojiblancos a manos de un Villarreal que hizo lo que quiso en la segunda parte. El bofetón fue de campeonato, sobre todo si se tiene en cuenta que el Athletic completó un magnífico final de la primera parte y que, en esos momentos exultantes, la grada se contagió de la ilusión de que la victoria era posible. Nadie esperaba, desde luego, un chasco tan soberano como el que llegó en la reanudación, cuando el Athletic se evaporó de repente y tiró el partido por el desagüe en apenas diez minutos.
La metamorfosis del equipo no deja de ser el reflejo de un grupo débil que todavía no ha encontrado su horma y, por si esto fuera poco, vuelve a sufrir un problema gravísimo que pareció resolverse la pasada temporada. Nadie duda de que recuperar la consistencia defensiva fue la mejor noticia que dejó el Athletic en el ejercicio anterior. Tras varios años de desvelos continuos cada vez que el rival se acercaba al área, todo indicaba que se había taponado esa herida que estuvo a punto de desangrar al equipo. Visto lo visto en los últimos encuentros, todo indica que el mal ha regresado. Sus consecuencias, de hecho, están a la vista. El Villarreal se benefició de ello en su primer gol y, sobre todo, en los dos siguientes, los que escribieron el epitafio del partido. Sin aplomo y firmeza en su retaguardia y con Gorka Iraizoz lejos de la forma que mostró la pasada campaña mientras estuvo en activo, la realidad es que el Athletic está penando como en sus peores momentos del bienio negro. Son ya cinco derrotas consecutivas, algo tremendo teniendo en cuenta, como tanto insiste Caparrós, en que el fútbol es ganar, ganar y ganar.
La derrota dejó un mal cuerpo a toda la afición. Un 1-4 siempre es muy complicado de digerir, pero es que ayer hubo que soportar la decepción de una ilusión hecha añicos. La duda que siempre se plantea, la de la versión del Athletic que saltará al campo, pareció ayer despejarse de la mejor manera. La impresión es que había salido cara, que los rojiblancos tenían ganas de desquite. De hecho, se pusieron a la faena con la actitud que se necesita ante rivales como el Villarreal, uno de esos grandes equipos que llaman a engaño. Incluso cuando parece que no hacen nada, son un peligro latente. El tran-tran de los de Pellegrini se antojaba inofensivo en los compases iniciales del partido. Hasta que el Athletic cometió un error y se encontró, de buenas a primeras, con un gol en contra. Falló Balenziaga, que se lió haciendo un autopase infantil al borde del área. Rossi le agradeció el regalo.
Era el minuto 23 y quien más quien menos se preguntaba si las buenas vibraciones que estaba ofreciendo el Athletic se iban a quedar de nuevo en aguas de borrajas. Ya se sabe que para este equipo remontar un resultado adverso es una obra faraónica. Pocos contaban en ese momento de desasosiego con que el Villarreal iba a devolver el regalo cinco minutos después. Pero hasta los mejores copistas hacen borrones. Un error de Bruno en el saque de un córner permitió a Joseba Etxeberria meter la cabeza en el segundo palo y empatar el partido. El gol tuvo un efecto vigorizante para los locales. El Athletic se vino arriba y ofreció un gran final de la primera parte. De lo mejorcito que se le ha visto al equipo en lo que va de Liga. Se crearon varias ocasiones e incluso llegó a cantarse el 2-1 tras un magnífico cabezazo en plancha de Llorente. Por no hablar de la falta que Yeste convirtió en gol. Sólo faltó que hubiese sido directa. ¡Cosas del reglamento! La falta de efectividad impidió al Athletic lograr una ventaja que podría haber cambiado el rumbo del partido.
Al vestuario con aplausos
El equipo, en cualquier caso, se retiró a los vestuarios entre aplausos merecidos. Esta ovación se tornaría en una pitada al término del partido. Y es que, entre medio, durante los segundos 45 minutos, la actuación del Athletic no pudo ser más pobre. Una gran jugada de Rossi por la izquierda en el minuto 52 acabó en gol. Lo hizo Pires, un futbolista excepcional. Pellegrini lo situó por el centro, junto al imperial Marcos Senna, y conectando con los delanteros. El francés lo bordó. Su talento acabó sacando la mejor versión del Villarreal, que marcó pronto el 1-3 y se puso a disfrutar.
Tocando y tocando, el submarino amarillo dejó en San Mamés el sello del gran equipo que es. Su superioridad fue absoluta ante un Athletic que bajó los brazos, con la moral por los suelos y la confianza hecha un guiñapo. Mucho tendrá que cambiar el equipo en los próximos partidos, los que corresponden a eso que se llama su Liga, la de los que luchan por la supervivencia. La cuesta de octubre ha encendido todas las alarmas. Tras enfrentarse a los grandes, el Athletic ha quedado como quedaban los romanos cuando les daba el arrebato de atacar el poblado de Asterix. Ahora sólo queda levantarse.
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