
Regresó la Copa, que siempre trae a San Mamés el viejo aroma de los tiempos mejores, y al Athletic, tan justito como está, le sirvió al menos para salir de la espiral de derrotas que en la Liga le ha arrastrado hasta el fondo de la tabla. Ganó por fin el equipo de Caparrós y su 2-0 ante el Recreativo deja la eliminatoria bien encarrilada. Ahora bien, su actuación, tirando a pobre, poco más que una faena de aliño, no sirvió para despejar ninguna de las dudas que pesan sobre el equipo. Ese examen vital queda para el sábado ante un Villarreal que no se sabe muy bien qué fue hacer ayer a El Ejido. Se supone que a llenar la despensa con productos de invernadero, porque de otro modo no se explica el 5-0 que encajaron los de Pellegrini ante el Poli. Seguro que en la Liga es otra cosa y seguro que el primero en tenerlo claro es un Athletic al que le falta otra marcha. Con la actual no le sirve. Entre los cambios en el once titular, en el que sorprendió la aparición del desterrado Koikili, y una segunda parte de lo más decepcionante ante un rival con siete suplentes y diez jugadores, los rojiblancos dejaron a la hinchada igual de inquieta que estaba.
El partido arrancó tan frío como el ambiente. Incluso las gradas presentaron una apariencia extraña, con demasiados claros para lo que se acostumbra en 'La Catedral'. Pero es que nada ayudaba. Ni la noche, ni la hora, ni el fútbol que vienen practicando los de Caparrós en estos meses. De este modo, el Athletic tardó media hora en entrar en reacción y si lo consiguió fue, en buena medida, gracias a Iraola, que se rebeló desde el principio contra la molicie y dio un ejemplo de actitud de lo más meritorio. Porque lo fácil es salir a comerse el mundo en los grandes partidos, frente a los rivales de postín. Mucho más complicado es arrastrar al equipo en noches como ayer, en encuentros molestos y sin glamour, ante enemigos cuya única intención es incordiar con una cierta profesionalidad y dejar que pasen los minutos. A esto vino a San Mamés el Recreativo, uno de esos equipos que tiene muy claro que la de la Copa no es su batalla. La contemplan como un simple trámite administrativo y una forma de examinar el fondo de armario. Para luchar por ella están otros clubes con más plantilla o con una obligación histórica en el torneo, como es el caso del Athletic.
Callejón derecho
Agarrados al juego y a la voluntad de Iraola, los rojiblancos desastacaron el partido y dejaron la eliminatoria bien encarrilada en el cuarto de hora final de la primera parte, que fue lo único potable de noventa minutos bastante insulsos. Un magnífico centro del lateral internacional permitió a Ion Vélez abrir el marcador y llevarse un alegrón formidable, tanto que se llevó una tarjeta por excederse en la celebración. Hay que entender al chaval, que sabe la carga de responsabilidad que tiene encima. Cada gol que marca es para él una especie de acto de reafirmación. Ayer, curiosamente, lo fue también para el Athletic, que a raíz del 1-0 se vino arriba. Siempre por el callejón derecho, los rojiblancos le encontraron las vueltas al Recreativo. Bastaba con dar tres toques con sentido y un poco de velocidad. El 2-0, eso sí, tuvo que llegar en un golpe de talento de David López, que se encontró con una falta ideal, centrada y al borde de la media luna. El riojano la aprovechó con maestría. La sutileza de su toque fue de lo mejor de un partido sin mucha chicha que el Athletic debió aprovechar para sellar el paso a octavos.
Si no lo hizo fue porque le faltó ritmo y, sobre todo, calidad en la segunda parte. La tropa de Lucas Alcaraz se quedó a las primeras de cambio con uno menos tras la expulsión de su delantero alemán Ersen Martin, un tronco de casi dos metros que ha llegado a la Liga española procedente del Tranbzorsport. Todo indicaba que el Athletic se aprovecharía de una coyuntura tan propicia. Pocas veces se han visto los rojiblancos con dos goles de ventaja y un rival en inferioridad y sin grandes exigencias. Pero ni por esas. El Athletic no supo darse una alegría. Ni dársela a una afición tan necesitada de ellas. Como tantas otras veces, le faltó intensidad y un mínimo de circulación de balón, un lastre demasiado pesado. Está claro que con Gurpegui y Javi Martínez como pareja de medio centros, el equipo pierde toque. Si a ello se une la entrada de jugadores sin rodaje como Ustaritz, Koikili o incluso Susaeta se explica lo que sucedió, que no fue otra cosa que un final de partido de lo más gris. Tanto que incluso el resultado estuvo a punto de torcerse en los últimos instantes. Es lo que hubiera faltado.
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