Soy del Athletic. Desde la cuna. Probablemente comparta con la mayoría de ustedes, amigos lectores, tan singular condición. Es un sentimiento que no trato de descifrar. En mi casa, al Athletic sólo le faltaba sentarse a la mesa a la hora de comer. Era uno más de la familia. Por eso, cuando la Peña Itzalan Taldea tuvo la idea de premiarme la semana pasada con un galardón llamado 'Sentimiento rojiblanco', destinado a quienes enarbolamos la bandera de nuestro Club por esos mundos de Dios, me hizo un inesperado y valioso regalo. Y es que ya lo dejó escrito Julio Cortázar: después de los cuarenta, la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás. Mi sentimiento rojiblanco es una idea que se despliega como una gran vela impulsada ya solo por el viento de nuestra historia. Yo, lo confieso, soy hincha de la hinchada, del escudo, de la bandera, de la leyenda. Mi felicidad, como la del protagonista de la última y fascinante novela de Ray Loriga, se construye con los recuerdos del pasado, soñando con lo que pueda depararnos el futuro, y nunca con aquello que precisamente está sucediendo.
En estos tiempos de zozobra, sacudidos por un presente impiadoso y un futuro incierto, se ha producido una inflación semántica sobre un concepto ('ser del Athletic') que todos usan hasta el manoseo. Desde dentro del club, algún buhonero se atreve a darnos lecciones de sentimiento rojiblanco a los que, semper fidelis, nacimos bajo la sombra protectora del puente de San Antón.
La insolencia, como la ignorancia, es atrevida. Y de mal gusto. Como las peleas arrabaleras con otros colegas de banquillo. Cortinas de humo, más viejas que el TBO, para encubrir la cruda realidad. Las actitudes prepotentes que se exhiben desde Ibaigane, en una situación de extrema debilidad social y de falta de liderazgo, tampoco ayudan a aunar fuerzas. Vamos, que si realmente existiera un movimiento organizado de oposición (cosa que dudo), se lo estarían poniendo en bandeja.
Y aquí estamos nosotros: socios, aficionados, forofogoitias, sin más filiación que nuestro amor al Athletic y armados con la espada sin filo del orgullo. Vigilando un cofre vacío. La visita anual al Bernabéu es la prueba del algodón para medir nuestra resistencia en estos tiempos hostiles y olvidadizos. Un día siempre especial. Cabeza arriba y bufanda rojiblanca al cuello para recorrer la Castellana recordando que somos el equipo de Telmo, Mauri y Pichichi. De Sarita y de Jose Mari. De Rompecascos y de Mister Pentland. De mi aita.
Lo malo es que la ilusión es un analgésico sorprendente pero efímero. Vuelvo al personaje de Loriga cuando afirmaba que hay quien piensa que el miedo es siempre más grande que el monstruo que lo provoca. En la inmensidad de ese gigantesco estadio, y tras acariciar otra victoria imposible, nos quedamos de nuevo con las dudas. Solo los buenos dudan de su propia bondad. Y este Athletic solo nos inspira amor y dudas. Muchas dudas. Hoy por hoy, es solo una foto desenfocada y con tan poca gracia como la de Rajoy. Qué pena.
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