
El Real Madrid es un club cosido a una fe. Tal vez emane de su célebre escudo o quizá es consecuencia de la necesidad de emerger en un mar con algún adversario, léase el Barcelona, más cualificado por plantilla para flotar. No se conoce a ciencia cierta. Sí se sabe, en cambio, que el equipo blanco ha ganado las dos últimas Ligas con modos distintos y una conjura parecida de puertas hacia adentro. Sólo de tal manera, el fútbol rudimentario que avalaba Fabio Capello se apoderó hace año y medio de un campeonato que correspondía naturalmente a su rival eterno. En el último torneo al Madrid le bastó asear el estilo con una manita de jabón y sentarse a contemplar la descomposición interna de un Barça que tenía a Ronaldinho en el centro geométrico de la diana.
Capello ya había levantado un título en la 'Casa Blanca' a mediados de los 90. Aquel grupo aburrió a las ovejas, pero triunfó. Los ultrapragmáticos como el técnico italiano sólo viven de la cuenta de resultados. Dejó aquella Liga en las vitrinas y se marchó sin cumplir el resto del contrato. Diez años más tarde, la directiva volvió a llamarle para que reeditara el trabajo en un club donde el futuro es ahora mismo. Lo hizo de nuevo, inyectando en su plantel casi vencido una confianza que no parecía de este mundo. Pero otra vez el coliseo de La Castellana mostró el pulgar hacia abajo. Y Ramón Calderón, ese presidente que como Wally aparece en cada una de las páginas del libro, trató de calmar a los tribunos. Se trajo a Schuster, que vivía unos kilómetros al sur, y prometió el regreso al estilo, una vuelta a las esencias históricas que obligan a ganar, sí, pero además a jugar bien.
Con el entrenador alemán el Real, como se le conoce en Italia y Argentina, sumó su segunda Liga consecutiva. Pero lo hizo sin acabar de definir una propuesta futbolística. Al Madrid, temible como una manada de búfalos de tres cuartos de campo hacia adelante, le faltaba identidad. Lo mismo soltaba un partidazo como aquellos con los que regó la comunidad valenciana -¿por qué será que en tales casos suele andar el ahora lesionado Guti de protagonista?- que se le explotaba el cohete en las botas. Un día utilizaba las bandas y otro hacía surcos en el centro de tanto circular por ahí. Pero siempre se encomendaba a un arcángel más que un portero -el Bernabéu ha coreado más el 'Iiikerrr' que el 'Hala Madrid'- y a una pegada descomunal.
Si cada técnico trata de que su equipo recuerde siquiera algo de lo que él fue como jugador, cabía esperar un equipo cartesiano, lógico y elegante. A diferencia de Guardiola, maestro en el apoyo corto, Schuster levantaba la melena rubia para delinear pases deliciosos de cuarenta metros con escuadra y cartabón. El alemán, problemático ya con pantalón corto y borde ahora en sus comparecencias públicas, fue un futbolista grande. Uno de los pocos que pueden presumir de haber vestido las camisetas de Barcelona, Real y Atlético. Como entrenador, elogiado justamente por su labor en Getafe, aún no ha dotado al Madrid de una personalidad inequívoca. Es evidente que su grupo infunde miedo, pero también que cada adversario se ve capaz de meterle mano. Sus partidos son de ida y vuelta, un tanto descosidos, aunque siempre difunde la idea de que se guarda la última bala, el golpe final del púgil que hace de sus combates una búsqueda permanente del k.o.
A noquear
Club y entrenador apuntan mucho y disparan menos. La canción del verano de 2007 llevaba por título Kaká. La del último fue toda una banda sonora, Cristiano Ronaldo. Tanto oropel para terminar con una adquisición de rango menor, sin sentido peyorativo alguno, Van der Vaart, de quien se celebra la precisión de sus tiros. Otro tulipán blanco para engalanar un jardín de flores holandesas. Toda la vida el Barça ligado a los productos selectos de los Países Bajos y resulta que el Madrid alinea ahora a cinco. De los que dos, Robben y Van Nistelrooy, son imprescindibles para entender la eficacia madridista.
Al margen de Sneijder, un medio móvil, inquieto y con tanto talento como capacidad para lesionarse, sus dos compatriotas conforman ahora mismo la columna vertebral del equipo junto al sobrado Pepe -de bueno que es, a veces concede facilidades- y un Casillas cuya imagen beatífica parece haber descendido un peldaño de su peana. Hay tardes, y frecuentes, en que Schuster se consiente la osadía de prescindir de su extremo de cristal (Robben y dolencias musculares van unidos como los apellidos compuestos). Entonces, y sin Guti, el Madrid se atora por el centro, confía en cualquier rebote afortunado que su calidad convierte en gol o aguarda el galope de Sergio Ramos para aparecer por el vértice del área. El técnico alemán mira su banquillo, se fija en el joven de generosas entradas capilares que le confieren aspecto de treintañero y el partido cambia.
Imprescindible Robben
Los grandes equipos se distinguen por muchas cosas, pero una resulta común a todos: la capacidad de algún hombre, preferentemente más, que desborde por la banda, encare al rival y saque el centro preciso para pasión y gozo de algún compañero. O sea, la conexión entre Robben (sustituto de Robinho) y Van Nistelrooy, uno de los '9' más fiables que se recuerdan, causa de que a Ronaldo se le evoque en el Bernabéu como una simpatía del pasado.
El talento que acumula la plantilla blanca, inferior a la calidad del Barça, es tal que golea cuando juega bien y, además, cuando lo hace mal. En siete partidos ha metido veinte tantos, no ha dejado de anotar en ninguno, le coló siete al Sporting y cuatro al Numancia con esas oleadas tan características que arrasan el área rival. Pero ha recibido diez, sólo en Santander evitó el mal trago de visitar su propia red y equipos como el soriano le convirtieron tres ocasiones ante su propio público. Resulta curioso lo vulnerable que es atrás un conjunto que paga nóminas millonarias a gente como Pepe, ese defensa sevillano con alma de delantero (Ramos) o Heinze, 'el gringo' a quien su mentor argentino le recordaba constantemente sus limitaciones.
Mientras el Madrid padece el jeroglífico de la creación sin Guti, debate aún entre el tosco Diarra y el más sutil Gago o agota las discusiones en torno al ocaso de Raúl, gana puntos en la Liga y se apresta a recibir al Athletic. Es cierto que en el Bernabéu sólo ha cedido un empate, frente al Espanyol, pero también que todos los visitantes le han marcado. Nada menos que seis goles en tres compromisos. Falta saber si el Athletic contendrá los aludes blancos que se producirán por momentos y si precisará algún remate ante Casillas, un portero que sale demasiado para el gusto de los madridistas en los resúmenes de televisión.
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