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LA OPINIÓN DE JON AGUIRIANO
22 de octubre de 2008

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JON AGIRIANO.-

No hay un solo hincha del Athletic que haya olvidado la temporada 2005-06. Quizá alguno dude en un primer momento a la hora de ajustar los años en curso a sus vivencias, pero sólo será un instante. No tardará en hacer la resta pertinente y caer en la cuenta de que aquella, la 2005-06, fue la temporada del Gran Castañazo. Recordémoslo. Éramos un equipo con vitola europea, divertido y goleador, y de la noche a la mañana nos convertimos en otro cejijunto, achicado y aburrido que tuvo que sudar sangre para librarse del descenso. Pasamos del Carnaval de Río a la procesión de las mortajas de Bercianos de Aliste. De haber podido mirar entonces a nuestro banquillo, el gran Osvaldo Soriano hubiera dicho que dimos suela al Míster Peregrino Fernández y acabamos en manos de Orlando el Sucio. El cambio fue tan brutal -y, lo que es peor, tan absurdo y gratuito- que muchos, me temo, nunca nos recuperaremos del todo del impacto.

Uno de los rasgos más distintivos de nuestro nuevo carácter es la aprensión; una aprensión profunda. De cualquier irrelevancia somos capaces de extraer un presagio funesto. Nos puede el fatalismo. Si esto es así, hay que imaginar nuestro estado de ánimo cuando descubrimos algunas similitudes verdaderamente relevantes entre la temporada que estamos padeciendo y la vivida como un calvario hace tres años. Por ejemplo, que también entonces la baja de dos buenos futbolistas fue un lastre enorme y un golpe moral muy duro para la tropa. O que, a estas alturas de la Liga, el equipo también llevaba cinco pírricos puntos y había perdido 0-1 en San Mamés en la séptima jornada. Por cierto, aquel Athletic había marcado el doble de goles que el actual.

El segundo rasgo preponderante del nuevo carácter que tenemos a raíz del Gran Castañazo es una acusadísima sensibilidad hacia las ocurrencias geniales, el populismo barato, las 'boutades' y los descubrimientos de América. Cualquier dosis de demagogia o impostura, por pequeña que sea, nos provoca una reacción alérgica fulminante: estornudos, erupciones y, en los casos más extremos, incluso puntuales faltas de apetito. Alguien debería haberle advertido a Caparrós de esta circunstancia el mismo día que llegó a Bilbao, de modo que no se hubiera estrenado en el Athletic asegurando que le hervía la sangre rojiblanca. Nadie le pedía tal punto de ebullición.

Aquel arrebato nos provocó un pequeño sarpullido sin importancia. Al fin y al cabo, el técnico de Utrera no sólo no estaba advertido, sino que algunos pudieron confundirle con la chorrada aquella de llamarle Jokin. Lo malo es que han pasado 16 meses y, lejos de corregirse, los excesos demagógicos del entrenador sevillano no cesan. Lo último han sido dos perlas cultivadas. La primera, decir ahora que a Gurpegui le falta ritmo cuando la pasada temporada, recién cumplida su sanción, el de Andosilla era «un Ferrari» capaz de regresar al fútbol en el Bernabéu y jugar, además, en una posición que no era la suya. La segunda perla se escuchó en la sala de prensa de San Mamés la noche del domingo. El Athletic había perdido ante el Barça. Era su tercera derrota consecutiva y su tercer partido sin marcar un gol. «Esto es lo que hay», dijo Caparrós para justificarse. Por lo visto se le olvidó que, hace unos meses, había otra cosa. Sin ir más lejos, había un delantero por el que alguien pagó cinco millones y él no sólo bendijo esa operación nefasta sino que lo hizo -no es tonto- a sabiendas de que su equipo perdía un activo muy importante. Ahora, por lo visto, tiene que ser un chaval de 18 años como Ismael López el que venga a rescatarnos.

Son discursos y situaciones que comienzan a producir hartazgo, sobre todo porque no vienen acompañadas del antídoto necesario, de la única medicina capaz de curar nuestro brote alérgico: los buenos resultados. Porque si el Athletic ganase y ganase -las cosas como son- nosotros seríamos capaces de llevar a hombros por los pueblos y aguantarle las peroratas a cualquiera, a Caparrós, a Lopera, a Punset o a Blacamán el Magnífico. El problema surge cuando los resultados son pésimos, el equipo está más perdido que Clemente en la escuela diplomática y encima hay que soportar tanta palabrería.

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