Dice la Biblia, sea tradicional o contada a los vascos en versión humorística de 'Vaya semanita', que Dios creó el ser humano a su imagen y semejanza. Al margen de su fe o descreimiento, Pep Guardiola ha construido para el Barça ese estilo que de puro familiar no puede resultarle ajeno. Es el que validaba él como jugador desde la posición de '4', distribuidor lógico y cerebral; el mismo que ya contenía su mente de entrenador en un cuerpo de futbolista; el heredado de su padre espiritual, Johan Cruyff. 'El Flaco', ser omnipresente que se mimetiza con el célebre 'entorno blaugrana', mantiene fresca su aura como creador de opinión. Cada vez que habla o escribe se registran movimientos sísmicos en el barrio de Les Corts. Y avala, cómo no, la llegada al banquillo azulgrana del 'noi' de Santpedor.
Hay distintas maneras de obtener los resultados, principio sobre el que se asienta la pirámide inestable del deporte profesional. Se jaleó durante una época a los técnicos que maldecían la pelota y la entregaban al contrario como quien se desprende de un bulto incómodo. Con ellos se podía ganar, empatar o perder, pero su mísera bandera ahuyentaba la ilusión que siempre genera sentarse a contemplar un buen partido de fútbol. Para Jorge Valdano o el mismo Cruyff, portavoces autorizados de la otra corriente, el camino más recto hacia la victoria consiste en jugar bien. Y Guardiola, en pantalón corto o con sus actuales trajes que marcan tendencia, se encuentra en este lado de la trinchera.
Es una apuesta por la estética, no una oposición al triunfo. Puede salir mal como en el encuentro inaugural de la Liga, cuando el Barcelona creó más de veinte oportunidades de gol de las suyas, o sea clarísimas delante del portero, y cayó ante el Numancia. Eso le diferencia de la demoledora contundencia que atesora el Real Madrid, púgil de los grandes pesos.
Los rondos
En Soria, noventa minutos después de arrancar el campeonato, la guillotina ya tomaba medidas para el cuello de Pep en un país históricamente entregado al tremendismo. Puede salir bien, con demostraciones de fútbol espléndidas y apenas sin intermitencias. En el recuerdo próximo, el primer tiempo imperial y fastuoso ante el Atlético de Madrid. Pero siempre, en la salud y en la enfermedad, con el balón como objeto irrenunciable del juego.
El fútbol del Barça devuelve el juego a los orígenes, a la calle y a la infancia. ¿Quién recuerda a algún niño ensayar posturas defensivas o practicar la cobertura? Los chavales ven la pelota y lo que quieren es tenerla, regatear mucho, pasar menos y chutar bastante. Lo que pretende Guardiola, pero con la combinación como virtud suprema, en un equipo de más poetas que soldados. La velocidad no se mide mediante el termómetro de los kilómetros recorridos por los jugadores, sino con la celeridad que adquiere el esférico entre unas botas y otras. Entregas cortas y continuas para marear al adversario; puñal vertical al hombre que se mueve por las espaldas de los defensas al borde del área.
El joven técnico se distinguía hace quince años por mover el objeto de culto a un solo toque y elegir siempre la opción más adecuada. Era tan bueno que ni siquiera necesitaba driblar. ¿Alguien recuerda un requiebro de Pep? El que lo afirme, miente.
Viendo un partido del Barcelona entiende uno la importancia que se concede a los rondos en las sesiones de entrenamiento. Un bufón -léase adversario- burlado por un grupo de cortesanos que siempre hallan un adepto en las distancias cortas. Los rivales se agotan de perseguir un imposible. Al cansancio físico suman el desplome moral. Un dato del accidentado derbi en Montjuic ahorra párrafos completos. Bien avanzado el duelo, la televisión ofrecía el colmo estadístico de la elocuencia: 73% de posesión azulgrana.
Plantilla abrumadora
Quienes sacan punta a cualquier lápiz aducen que así cualquiera, que con esa plantilla se puede tejer mantelería fina. Cierto, pero en la base queda el estilo, el modo, la sinfonía de unos tipos que se encuentran a ras de hierba. Es verdad que el grupo adiestrado por Pep abruma. Con un arquitecto como Xavi, el mejor futbolista de la Eurocopa; dos híbridos casi sublimes entre creador y punta (Iniesta y ese pie izquierdo cosido a un cuero que se apellida Messi); y un excelso rematador (Eto'o) todo parece enormemente sencillo. Resulta difícil no amagar signos de admiración, por unos motivos u otros, ante catorce de las veintidós fichas profesionales del Barça.
Por un lado, los cuatro figurones excelsos ya mencionados; de otro, la pesca acertada en el fértil caladero del 'otro Nervión' (Alves y Keita); además, el ascenso de canteranos que Guardiola conocía de primera vista (Busquets y Piqué) y prolongan la tradición de La Masía. Para completar el álbum de oro, tipos como un mejorado Valdés, Milito, el duro y certero cabeceador Márquez, Puyol (emblema del barcelonismo como Rául lo es del madridismo), el joven Bojan (un talento indiscutible en fase aún de meritorio) y... Henry. Sí, el tipo que fascinó a toda Europa en el Arsenal porque las amplias praderas de ida y vuelta en la Premier inglesa favorecían su fútbol de velocidad, contragolpe y puntería. Ahora, envuelto en unos compañeros que de tanto sobar la pelota deben inventarse los espacios, vive en un estatus indefinido.
La primera rueda de prensa a la que se sometió Guardiola nada más acceder al cargo generó dudas inmediatas sobre su futuro. Fuera por convicción propia o para hacerle el trabajo sucio a Joan Laporta, el 'noi' de Santpedor anunció que prescindiría de Ronaldinho, Deco y... Eto'o. Se quedó tan ancho, mientas la gente se ponía las manos en la cabeza. Evidentemente el brasileño de dientes como para surcar la tierra, factor fundamental en su día para elevar al Barça a los altares, era una sombra chinesca de sí mismo, una enfermedad crónica instalada en el vestuario del Camp Nou. El nacionalizado portugués, un hombre cuyas actitudes ingratas pudieron más que su calidad ingente. ¿Pero el africano de las declaraciones incandescentes?
Rectificación
Afortunadamente para el club catalán, Guardiola rectificó a tiempo. Volvió a colocar los objetos de la cacharrería que había derribado con sus patas de elefante novato, alineó con cuentagotas al camerunés durante la pretemporada y acabó rendido a la evidencia. Con Eto'o y los otros trece se presentará mañana en San Mamés, donde el Athletic deberá aprovechar las ocasiones y negar la pelota al Barça. Pero visto lo visto, tendría que proponerle un encuentro de fútbol imaginario, una representación de mimos sin balón.
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