A nadie se le escapa que la asamblea general de compromisarios del Athletic es, ante todo, un examen en el que los representantes de los socios evalúan, con el rigor de los maestros más exigentes y el corazón volcánico de los hinchas (vaya mezcla, por cierto), al presidente del club y a su junta directiva. Pues bien, en esta especie de plebiscito anual sobre la calidad de la gestión de los inquilinos de Ibaigane, Fernando García Macua no pudo salir ayer más malparado. El no de los socios a los presupuestos de la presente temporada y a la propuesta de reforma de estatutos coloca al presidente rojiblanco en una situación de debilidad como no se recuerda. No sólo es que exista una oposición, sino que ésta, por lo visto, es mayoritaria entre los compromisarios, lo que deja a García Macua sin apenas margen de maniobra. Muy fino tendrá que hilar el presidente en las próximas semanas si no quiere verse obligado a dimitir y a convocar elecciones.
La asamblea tuvo un desarrollo más lento, tedioso y cansino que nunca. Batió récords, vamos. Se prolongó, entre bostezos y con el patio de butacas del palacio Euskalduna casi vacío, durante más de seis horas; una duración excesiva a la que volvió a contribuir con su verbo incansable y su espíritu prolijo el contable Juan Antonio Zárate, un profesional del que puede decirse que lleva el término exhaustivo a sus más altas cotas conocidas. ¿De verdad que es necesario que este señor se extienda en su discurso durante más de hora y media y descienda en su exposición hasta el detalle minúsculo de informar a los compromisarios de que, en Lezama, se han comprado unos pulsómetros o de que el área de los 'txapelgorris' estará situada en el sótano 2 del estadio?
Como en botica, hubo un poco de todo en el cónclave rojiblanco: largos momentos de letargo, algunos de cierta tensión, de aburrimiento, de mosqueo. Por haber, hubo hasta fallos técnicos con el proyector de diapositivas... No faltaron tampoco, por supuesto, los grandes clásicos, esos compromisarios comprometidos que, con su inevitable aparición año tras año, nos demuestran que Nietzsche no iba descaminado cuando teorizó sobre el eterno retorno. ¿Sería esta su última asamblea? ¿Se los tragaría la reforma de los estatutos, en caso de ser aprobada? ¿Dejarían algunos de ellos de ser tertulianos y volverían a las tinieblas del anonimato? Muchos socios se hacían ayer estas preguntas.
Las votaciones en las que saltó la sorpresa llegaron pasadas las doce y media de la noche. No es extraño que, pasada la una de la madrugada, cuando la secretaria de la junta directiva, Mónica Durango, dio lectura a los resultados, en el Euskalduna sólo quedaran los directivos, los periodistas, algún compromisario irreductible y el personal de limpieza y seguridad del palacio. La imagen era deprimente, como lo es la situación en la que queda el club, con un presidente y una junta con un pie en el abismo. La crisis institucional es evidente. Los problemas del Athletic ya no sólo están en el campo, en la clasificación, en los disgustos que nos da el equipo de Caparrós. Las grietas han alcanzado al palacio de Ibaigane.
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